
Ramón dice que no quiere. Dice que no quiere subir al monte, que está cansado. Cansado del monte y del frío, cansado de vender a tan bajo precio. Cansado del INTA y del Gobierno. A Ramón se le ve la Puna en las manos. Calada la Puna hasta lo hondo. La casa de hace dos siglos atrás parece de hace cuatro. Se quedó en el tiempo, petrificada desde la ventana hasta el perro. Surcos de agua chorrean por el techo cuando el granizo golpea una tarde cualquiera. La correntada se lleva el barro y rompe el silencio, baja por las calles de tierra seca como un río morado que arrastra la faena del día. Ramón anda en busca de algo que no parece estar o aparecer. Se le ve en la mirada de ansiedad por los rincones, por los platos de guiso, por el camino en subida.
Mira los tapones de luz con temor de que estallen por la tormenta y hace una mueca. Al fin se levanta y camina hasta la llave.
—Mejor apagar todo, que con esta tormenta el cortocircuito puede quemar las cosas.
Parece que puede el cortocircuito. Puede que queme o puede que no. Por las dudas Ramón no se arriesga. Si hay algo en lo que no se arriesga es con la tormenta. Los imprevisibles son pan del día en este recodo mezcla de desolación y esperanza.
—Mejor en un rato nos vamos yendo, ¿no? —busca con la mirada la aceptación de los presentes.
Asentimos todos con la cabeza. A nadie se le ocurriría contrariarlo.
Eduarda va y viene, nerviosa. Balbucea algo que nadie entiende.
—¡Ya va má! Espere un poco —le dice Ramón sin mirarla.
Doña Eduarda es má, pero sobre todo es una mujer de mil líneas de vida dibujada en el rostro. Es patrona del pueblo y del andar de las calles, de los montes y de las llanuras, de las Iglesias y de la cocina. Fue mujer de un amor, delicado y paciente. Menuda, de cabello grisáceo, camina rápido y con paso cortos arreglando los pliegues de su pollera marrón. Quiere que pare la tormenta, porque no hay un mientras.
La oscuridad de la habitación dibuja sombras en medio del silencio. Nadie dice nada. Hay que esperar a que el granizo amaine y la lluvia ceda de a poco a la voluntad de salir. Querer pasar de un estado a otro en la Puna, lleva su tiempo. En un lugar donde el tiempo es ajeno, el tiempo del lugar es el que manda. Y acá las voluntades creen no tener tiempo, ni espacio. Y eso es algo a lo que no uno no está acostumbrado, y sin embargo, parece muy cercano.
Finalmente nos habilita un rayo de claridad y en una corrida estamos adentro de la camioneta con Ramón, doña Eduarda y Fermín que está de paso porque vive en Neuquén desde que la Puna lo dejó sin futuro. Sin futuro, dice Ramón, y Fermín asiente tímidamente.
—Los jóvenes se van porque acá no tienen futuro. ¿Qué se van a quedar haciendo?
No sabemos qué contestar. Es una pregunta difícil y tal vez, esté esperando que nosotros le digamos el qué. Nos mira, pero continúa. No estaba esperando respuesta.
—Todos los jóvenes de acá se fueron para allá. ¿Qué se van a quedar haciendo? Allá ganan bien, trabajan en las mineras o con el petróleo. Acá mira lo que queda…nada.
Parece que allá es un mundo de posibilidades. El futuro llegó a allá, pero no a acá. Cochinoca está como un punto fugaz en el tiempo. Sin espacios ni comas. Detenido y suspendido en los pocos que quedan, que no son muchos.
—Acá hay viviendo cuatro o cinco familias. Nada más. —Se da vuelta y nos hace una mueca.
Todos asentimos. Suena poco cuatro o cinco familias. Pienso si las familias tendrán niños que querrán irse como Fermín. Pienso si los niños sabrán que Fermín fue niño allí también, ¿lo extrañarán? Pasamos por la plaza de juegos, sin niños, frente a una de las iglesias.
Ramón maneja como guía turístico levantando el dedo hacia distintos lugares.
—El —se refiere a Fermín— llegó hace diez días más o menos. Se quedó con nosotros porque con la familia se lleva mal. No le dan bola. La madre se juntó con otra persona y tiene otros hijos. Siempre estuvo un poco solo.
Creo que no lo extrañarán, una lástima. Fermín tiene ojos de que extraña Cochinoca, mira hacia adelante en el camino. No hace acotaciones. Es una verdad demasiado pesada tal vez. Pero el camino es largo, largo y despoblado, matones secos pero verdes brotan en las orillas de la tierra salpicada. El pueblo que va quedando atrás se ve como rompecabezas entre los surcos de agua que bajan desde la altura. Un gris brilloso lo atraviesa de punta a punta, rebota contra el cielo y devuelve a los lejos una imagen de fantasía. Enclavado entre las montañas, rodeado de la vasta Puna, Cochinoca se va haciendo más pequeño desde afuera de lo que parece por dentro.
Ramón nos traduce lo que doña Eduarda le dice:
—Parece que con la lluvia las llamas se fueron hacia arriba.
Todos miramos a nuestro costado, donde el cielo corta el monte. No vemos nada.
—No, ¡allá! —y señala hacia adelante con el dedo.
El camino fino, casi imperceptible no termina más. Estamos lejos de las llamas.
—Todos los días las llevamos al monte a eso de las 7 de la mañana y las venimos a buscar a esta hora, más o menos a las 6 o 7. Todos los días —remata por si a alguno no le quedo claro.
Me cuesta imaginarla a doña Eduarda en ese recorrido diario, me cuesta porque me es ajeno absolutamente. Nos miramos desolados. Abrumados por el paisaje y por la paciencia, por la perseverancia. Por el querer estar y pertenecer a un lugar que pareciera hacerlo difícil. El cielo empieza a abrirse de un solo lado, la Puna queda dividida. Mitad a oscuras del lado del monte, mitad iluminada de rojizo del lado de la llanura. Las nubes engrampadas al cielo son un techo posible de alcanzar. Siento que el paisaje es demasiado para mis ojos y me duele verlo. Hace frío pero bajo la ventanilla buscando el alivio del viento. El silencio en la camioneta es pesado, duro de roer. El camino sigue hacia un punto invisible.
—Entonces se fueron lejos las llamas, ¿no? —rompe el silencio una mujer desalentada.
Las risas de Eduarda y Ramón sonaron simples.
—Nooooo… ¿Ustedes pensaron que era cerca? Las llamas están en el monte, allá. —dice sin sacar las manos del volante.
No sabemos dónde es el monte, allá, pero está claro que aún falta un trecho de viaje.
Eduarda dice algo que nadie entiende. Ramón nos traduce:
—La lluvia se las llevó hacia la cima. Vamos a tardar en encontrarlas.
En la camioneta tres mujeres van en busca de las llamas. Una, a meterse al monte hasta lo hondo y yugarlo, doña Eduarda. Las otras dos, simples aspirantes a ver alguna de cerca, con puro sesgo turístico. Cruzamos la tranquera, se acerca la parada. Yo me fui con ojotas para no mojarme las únicas alpargatas que tenía. Apenas estaciona la camioneta saltamos en una corrida que tenía como destino final la cima del monte. Fermín también baja. Doña Eduarda nos había mirado con una sonrisa cómplice cuando se lo propusimos en la casa. Después entendimos por qué. Las llamas estaban allá arriba en el monte. Y el monte era alto y lejos. Cuando quisimos acordar, Eduarda estaba a metros de distancia. Esa mujer pequeña, arrugada, abrigada, saltó de la camioneta y emprendió el camino hasta que se hizo un punto color rojo en el monte. Un punto rojo que perseguía un punto blanco, un punto rojo que perseguía varios puntos blancos, puntos blancos con marrón, que se hacían un nudo de puntos multicolores.
Ramón mira sonriendo nuestros rostros frustrados.
—No, vos dejala que vaya ella solita que está acostumbrada.
—¿Y hasta dónde va?
—Va hasta arriba.
—Ah! ¿Y las baja hasta acá?
Ramón suelta una carcajada.
Nos damos cuenta que todas nuestras presunciones de sabedores de arreo quedan al descubierto.
—Las lleva todo por arriba. Hasta el corral. Nosotros ahora tenemos que esperar.
Y Ramón sabe de esperar porque lo hace todos los días mientras doña Eduarda arrea solita las llamas, excepto hoy que la ayuda Fermín. Antes, cuando Ramón no estaba porque se iba a los campos de flores en Maimará, Eduarda hacía este camino a pie. 8 kms de Puna a pie, más dos horas de arreo, con suerte si no llovía, más vuelta otros 8 kms hasta la casa. A la mañana y a la tarde. Pero Ramón le compró un cuatriciclo porque a la vieja hay que cuidarla. Pero a Eduarda le da miedo el cuatriciclo y si se queda en un vado no sabe cómo sacarlo. Es comprensible. Los pies de Eduarda conocen el terreno y saben andarlo, de día y de noche. Pero no saben de cambios y por eso el cuatriciclo queda en automático. Ramón dice que él está yendo y viniendo todo el tiempo. Esto no nos asombra, en Jujuy la gente va y viene continuamente. Desde la Quiaca hasta San Salvador, bajan los coyas con la producción de sus tierras y vuelven a subir con ropa u otros alimentos. Ramón deja a la vieja sola y eso lo pone mal pero no le queda otra. Ramón tiene 32 pero parece de una edad que no tiene número. Las edades en los rostros no dicen lo que dicen las canciones, ni las manos, ni los ojos cansados, ni los pies que caminaron.
Ramón nos invita a poblar la Puna, que los jóvenes se van y nadie llega a reemplazarlos. Entonces cuando ya no estemos los que nos quedamos, ¿quién va a seguir? Es una pregunta retórica. Claro, nadie sabe la respuesta, pero no por la pregunta, sino por el contexto. Porque si el INTA te da subsidios para trabajar tus tierras, pero los impuestos te matan porque la Quebrada y la Puna son Patrimonio Nacional, vienen los blancos y se hacen de tierras que valen oro. Pero si los impuestos los pagas y te quedas, es lo mismo porque el negocio de la provincia ahora es el turismo y no la producción de la tierra y los animales. ¿Entonces qué hacemos? Otra pregunta retórica.
¿Y las canciones? Yo me preguntaba por las canciones de Vilca que dicen y cuentan esos caminos, y los vientos que llevan las nubes bajas por los cerros. ¿Qué quedará de las canciones que en nuevos versos nadie contará? Pero no quiero ser aguafiestas, ni decirle a Ramón que cuando él no esté no llegaran otros pobladores. Porque en realidad sí, sí llegaran otros pobladores como lo hicieron antes.
Ramón nos mira. Tampoco espera una respuesta. Nos pregunta si tenemos hijos. Y si no, si vamos a tenerlos que los llevemos a Cochinoca. Salen algunos chistes, pero él sabe que ninguno habla en serio. Volvemos al tema de qué hacer. Qué camino elegir. Parece fácil hablarlo por momentos. Parece fácil decir que hay tierras para construir y cultivar, parece fácil decir que hay que traer maestros para la escuela, que la venta de productos en Abra Pampa es muy buena. ¿Entonces por qué no se quedan en Cochinoca?
Yo me doy vuelta y veo enmarcado en el vidrio el cielo que se abre en mil pedazos como un caleidoscopio natural, lo giro hacia un lado y aparecen celestes, verdes, violetas, grises; lo giro hacia el otro y está lleno de naranjas, rojos, amarillos. Y la llanura plateada le hace de espejo y la Puna se convierte en una acuarela que invita a vivir en ella. Bajo de la camioneta para mirar sin intermediarios. Imagino a los Incas cruzando por estas tierras, caminando por donde estoy caminando. Haciendo una América que ninguno de nosotros llegó a ver. Me quedo un rato y no aguanto, no sé si el frío u otra cosa.
Quedan hilos de luz y de llamas en el monte, busco la fila de puntos que forman Doña Eduarda, Fermín y el arreo. Ramón arranca la camioneta, hay que ir a la segunda etapa de nuestro recorrido, el ingreso de las llamas al corral. La noche se hace amiga y la oscuridad de la Puna es tan impresionante como la luz del sol. En el paño oscuro que tengo frente a mis ojos, veo desdibujada la figura pequeña de Doña Eduarda cargando mantas blancas, recién nacidas en el monte. Las están salvando de los zorros.
—Nacieron como 3 o 4, hoy —dice Doña Eduarda pasándose un pañuelo por los ojos. —Pero una no va a sobrevivir.
Me da pena, tan pocas chances. En esta tierra tableada de pronósticos, con cuadros de más o menos chances, depende en dónde te pares.
La tarea realizada, la noche y el frío nos devuelven al pueblo. Un plato de sopa, una cocina que parece de antaño enclavada en una casa de antaño, un pedazo de pan casero mojado que me recuerda a las manos de mi abuela, en las manos de una mujer patrona de un pueblo en el camino de los Incas.
—¿Otro poco más?
—Y sí, otro poco más.
Hoy estoy de este lado de las chances, así que elijo otro poco más.