lunes, 2 de agosto de 2010

V


Si pudiera medir lo imprevisto
y con ello borrar el cotidiano
desgaste de lo absurdo,
diría que la belleza
es una desgracia de la desventura.
Quedarme quieta
mirando mirar la nada
cuando los ojos pequeños
estrellados por la luz
me tienen, detienen
la palabra en la garganta muda.

Decirle un día




Podemos decirle un día señor traidor.
Podemos decirle un día que se lleve el dolor de tus manos cansadas,
que se lleve el dolor de tus manos cansadas de obrero incansable y casi ciego en la mirada.
Podemos decirle que quién sabe qué te dijo aquél hombre que poco conociste y te dejó encima el bulto de la responsabilidad ingrata y mal deseada de mantener una familia con tan sólo once años.
Podemos decirle que quién sabe qué te dijiste aquél día cuando te llevaste después de toda una puta vida de trabajo y familia, un bolso cargado en el hombro con tres camisas.
Podemos decirle cobarde y no nos equivocaríamos.
Podemos también cobrarle todas las monedas que te yuga el frío cada mañana y cada noche.
Podemos llamarlo ahora mismo a rendir cuentas mientras vos te des-armas en un vaso sin fondo y llamas a la puerta de tus hijos contando una anécdota sin memoria, una frase sinsentido, una risa de lunático que derrama el puño sobre el brazo caído.
Podemos pedirle explicaciones,
explicaciones de los caminos que sin querer se armaron y te trajeron hasta acá hoy como estas, como estas de cuerdo o de loco, como estas de solo y tan acompañado en tu hogar de todos.
Podemos citarlo a declarar y después condenarlo sin consideración a cien años o más de dolor por el que te ha causado,
tan mentiroso en cada una de sus promesas, tan siniestro en cada uno de tus momentos felices.
Podemos venderle un ramo de ojos y de rostros que esperan sentados en tu puerta a que vuelvas,
a que vuelvas como antes o como siempre, a que vuelvas trepado en un viaje de aventura y de colores,
a que vuelvas en aromas y en los cuentos tristes pero felices que cantabas al viento todos los días.
Podemos rogarle más agujas,
podemos rogarle más de alguna mecánica tictactera que siembre en tus días de hoy lo que estarás arrepentido de no tener mañana, si no estuvieras.
Podemos gritarle con rencor y odio,
con rencor y odio por haberte tenido al hilo cada día, por no haberte cedido ni siquiera un changüí para aflojar un poco la cuerda y darte un beso o un respiro,
un beso o un respiro que hoy te falta cuando cerras los ojos sin querer y arrancas todas las hojas del cuaderno rayado que compraste en aquélla feria para que yo te escribiera esto ahora.
Podemos pedirle compasión,
que no se arrepienta de nada y sin embargo te eche en cara todo,
podemos pedirle compasión,
que puedas dar la vuelta como a la taba y cambies todo sin cambiar nada.

martes, 16 de febrero de 2010

Las chances de la retórica



Ramón dice que no quiere. Dice que no quiere subir al monte, que está cansado. Cansado del monte y del frío, cansado de vender a tan bajo precio. Cansado del INTA y del Gobierno. A Ramón se le ve la Puna en las manos. Calada la Puna hasta lo hondo. La casa de hace dos siglos atrás parece de hace cuatro. Se quedó en el tiempo, petrificada desde la ventana hasta el perro. Surcos de agua chorrean por el techo cuando el granizo golpea una tarde cualquiera. La correntada se lleva el barro y rompe el silencio, baja por las calles de tierra seca como un río morado que arrastra la faena del día. Ramón anda en busca de algo que no parece estar o aparecer. Se le ve en la mirada de ansiedad por los rincones, por los platos de guiso, por el camino en subida.
Mira los tapones de luz con temor de que estallen por la tormenta y hace una mueca. Al fin se levanta y camina hasta la llave.
—Mejor apagar todo, que con esta tormenta el cortocircuito puede quemar las cosas.
Parece que puede el cortocircuito. Puede que queme o puede que no. Por las dudas Ramón no se arriesga. Si hay algo en lo que no se arriesga es con la tormenta. Los imprevisibles son pan del día en este recodo mezcla de desolación y esperanza.
—Mejor en un rato nos vamos yendo, ¿no? —busca con la mirada la aceptación de los presentes.
Asentimos todos con la cabeza. A nadie se le ocurriría contrariarlo.
Eduarda va y viene, nerviosa. Balbucea algo que nadie entiende.
—¡Ya va má! Espere un poco —le dice Ramón sin mirarla.
Doña Eduarda es , pero sobre todo es una mujer de mil líneas de vida dibujada en el rostro. Es patrona del pueblo y del andar de las calles, de los montes y de las llanuras, de las Iglesias y de la cocina. Fue mujer de un amor, delicado y paciente. Menuda, de cabello grisáceo, camina rápido y con paso cortos arreglando los pliegues de su pollera marrón. Quiere que pare la tormenta, porque no hay un mientras.

La oscuridad de la habitación dibuja sombras en medio del silencio. Nadie dice nada. Hay que esperar a que el granizo amaine y la lluvia ceda de a poco a la voluntad de salir. Querer pasar de un estado a otro en la Puna, lleva su tiempo. En un lugar donde el tiempo es ajeno, el tiempo del lugar es el que manda. Y acá las voluntades creen no tener tiempo, ni espacio. Y eso es algo a lo que no uno no está acostumbrado, y sin embargo, parece muy cercano.
Finalmente nos habilita un rayo de claridad y en una corrida estamos adentro de la camioneta con Ramón, doña Eduarda y Fermín que está de paso porque vive en Neuquén desde que la Puna lo dejó sin futuro. Sin futuro, dice Ramón, y Fermín asiente tímidamente.
—Los jóvenes se van porque acá no tienen futuro. ¿Qué se van a quedar haciendo?
No sabemos qué contestar. Es una pregunta difícil y tal vez, esté esperando que nosotros le digamos el qué. Nos mira, pero continúa. No estaba esperando respuesta.
—Todos los jóvenes de acá se fueron para allá. ¿Qué se van a quedar haciendo? Allá ganan bien, trabajan en las mineras o con el petróleo. Acá mira lo que queda…nada.

Parece que allá es un mundo de posibilidades. El futuro llegó a allá, pero no a acá. Cochinoca está como un punto fugaz en el tiempo. Sin espacios ni comas. Detenido y suspendido en los pocos que quedan, que no son muchos.
—Acá hay viviendo cuatro o cinco familias. Nada más. —Se da vuelta y nos hace una mueca.
Todos asentimos. Suena poco cuatro o cinco familias. Pienso si las familias tendrán niños que querrán irse como Fermín. Pienso si los niños sabrán que Fermín fue niño allí también, ¿lo extrañarán? Pasamos por la plaza de juegos, sin niños, frente a una de las iglesias.
Ramón maneja como guía turístico levantando el dedo hacia distintos lugares.
—El —se refiere a Fermín— llegó hace diez días más o menos. Se quedó con nosotros porque con la familia se lleva mal. No le dan bola. La madre se juntó con otra persona y tiene otros hijos. Siempre estuvo un poco solo.
Creo que no lo extrañarán, una lástima. Fermín tiene ojos de que extraña Cochinoca, mira hacia adelante en el camino. No hace acotaciones. Es una verdad demasiado pesada tal vez. Pero el camino es largo, largo y despoblado, matones secos pero verdes brotan en las orillas de la tierra salpicada. El pueblo que va quedando atrás se ve como rompecabezas entre los surcos de agua que bajan desde la altura. Un gris brilloso lo atraviesa de punta a punta, rebota contra el cielo y devuelve a los lejos una imagen de fantasía. Enclavado entre las montañas, rodeado de la vasta Puna, Cochinoca se va haciendo más pequeño desde afuera de lo que parece por dentro.

Ramón nos traduce lo que doña Eduarda le dice:
—Parece que con la lluvia las llamas se fueron hacia arriba.
Todos miramos a nuestro costado, donde el cielo corta el monte. No vemos nada.
—No, ¡allá! —y señala hacia adelante con el dedo.
El camino fino, casi imperceptible no termina más. Estamos lejos de las llamas.
—Todos los días las llevamos al monte a eso de las 7 de la mañana y las venimos a buscar a esta hora, más o menos a las 6 o 7. Todos los días —remata por si a alguno no le quedo claro.
Me cuesta imaginarla a doña Eduarda en ese recorrido diario, me cuesta porque me es ajeno absolutamente. Nos miramos desolados. Abrumados por el paisaje y por la paciencia, por la perseverancia. Por el querer estar y pertenecer a un lugar que pareciera hacerlo difícil. El cielo empieza a abrirse de un solo lado, la Puna queda dividida. Mitad a oscuras del lado del monte, mitad iluminada de rojizo del lado de la llanura. Las nubes engrampadas al cielo son un techo posible de alcanzar. Siento que el paisaje es demasiado para mis ojos y me duele verlo. Hace frío pero bajo la ventanilla buscando el alivio del viento. El silencio en la camioneta es pesado, duro de roer. El camino sigue hacia un punto invisible.
—Entonces se fueron lejos las llamas, ¿no? —rompe el silencio una mujer desalentada.
Las risas de Eduarda y Ramón sonaron simples.
—Nooooo… ¿Ustedes pensaron que era cerca? Las llamas están en el monte, allá. —dice sin sacar las manos del volante.
No sabemos dónde es el monte, allá, pero está claro que aún falta un trecho de viaje.
Eduarda dice algo que nadie entiende. Ramón nos traduce:
—La lluvia se las llevó hacia la cima. Vamos a tardar en encontrarlas.

En la camioneta tres mujeres van en busca de las llamas. Una, a meterse al monte hasta lo hondo y yugarlo, doña Eduarda. Las otras dos, simples aspirantes a ver alguna de cerca, con puro sesgo turístico. Cruzamos la tranquera, se acerca la parada. Yo me fui con ojotas para no mojarme las únicas alpargatas que tenía. Apenas estaciona la camioneta saltamos en una corrida que tenía como destino final la cima del monte. Fermín también baja. Doña Eduarda nos había mirado con una sonrisa cómplice cuando se lo propusimos en la casa. Después entendimos por qué. Las llamas estaban allá arriba en el monte. Y el monte era alto y lejos. Cuando quisimos acordar, Eduarda estaba a metros de distancia. Esa mujer pequeña, arrugada, abrigada, saltó de la camioneta y emprendió el camino hasta que se hizo un punto color rojo en el monte. Un punto rojo que perseguía un punto blanco, un punto rojo que perseguía varios puntos blancos, puntos blancos con marrón, que se hacían un nudo de puntos multicolores.

Ramón mira sonriendo nuestros rostros frustrados.
—No, vos dejala que vaya ella solita que está acostumbrada.
—¿Y hasta dónde va?
—Va hasta arriba.
—Ah! ¿Y las baja hasta acá?
Ramón suelta una carcajada.
Nos damos cuenta que todas nuestras presunciones de sabedores de arreo quedan al descubierto.
—Las lleva todo por arriba. Hasta el corral. Nosotros ahora tenemos que esperar.

Y Ramón sabe de esperar porque lo hace todos los días mientras doña Eduarda arrea solita las llamas, excepto hoy que la ayuda Fermín. Antes, cuando Ramón no estaba porque se iba a los campos de flores en Maimará, Eduarda hacía este camino a pie. 8 kms de Puna a pie, más dos horas de arreo, con suerte si no llovía, más vuelta otros 8 kms hasta la casa. A la mañana y a la tarde. Pero Ramón le compró un cuatriciclo porque a la vieja hay que cuidarla. Pero a Eduarda le da miedo el cuatriciclo y si se queda en un vado no sabe cómo sacarlo. Es comprensible. Los pies de Eduarda conocen el terreno y saben andarlo, de día y de noche. Pero no saben de cambios y por eso el cuatriciclo queda en automático. Ramón dice que él está yendo y viniendo todo el tiempo. Esto no nos asombra, en Jujuy la gente va y viene continuamente. Desde la Quiaca hasta San Salvador, bajan los coyas con la producción de sus tierras y vuelven a subir con ropa u otros alimentos. Ramón deja a la vieja sola y eso lo pone mal pero no le queda otra. Ramón tiene 32 pero parece de una edad que no tiene número. Las edades en los rostros no dicen lo que dicen las canciones, ni las manos, ni los ojos cansados, ni los pies que caminaron.

Ramón nos invita a poblar la Puna, que los jóvenes se van y nadie llega a reemplazarlos. Entonces cuando ya no estemos los que nos quedamos, ¿quién va a seguir? Es una pregunta retórica. Claro, nadie sabe la respuesta, pero no por la pregunta, sino por el contexto. Porque si el INTA te da subsidios para trabajar tus tierras, pero los impuestos te matan porque la Quebrada y la Puna son Patrimonio Nacional, vienen los blancos y se hacen de tierras que valen oro. Pero si los impuestos los pagas y te quedas, es lo mismo porque el negocio de la provincia ahora es el turismo y no la producción de la tierra y los animales. ¿Entonces qué hacemos? Otra pregunta retórica.
¿Y las canciones? Yo me preguntaba por las canciones de Vilca que dicen y cuentan esos caminos, y los vientos que llevan las nubes bajas por los cerros. ¿Qué quedará de las canciones que en nuevos versos nadie contará? Pero no quiero ser aguafiestas, ni decirle a Ramón que cuando él no esté no llegaran otros pobladores. Porque en realidad sí, sí llegaran otros pobladores como lo hicieron antes.
Ramón nos mira. Tampoco espera una respuesta. Nos pregunta si tenemos hijos. Y si no, si vamos a tenerlos que los llevemos a Cochinoca. Salen algunos chistes, pero él sabe que ninguno habla en serio. Volvemos al tema de qué hacer. Qué camino elegir. Parece fácil hablarlo por momentos. Parece fácil decir que hay tierras para construir y cultivar, parece fácil decir que hay que traer maestros para la escuela, que la venta de productos en Abra Pampa es muy buena. ¿Entonces por qué no se quedan en Cochinoca?

Yo me doy vuelta y veo enmarcado en el vidrio el cielo que se abre en mil pedazos como un caleidoscopio natural, lo giro hacia un lado y aparecen celestes, verdes, violetas, grises; lo giro hacia el otro y está lleno de naranjas, rojos, amarillos. Y la llanura plateada le hace de espejo y la Puna se convierte en una acuarela que invita a vivir en ella. Bajo de la camioneta para mirar sin intermediarios. Imagino a los Incas cruzando por estas tierras, caminando por donde estoy caminando. Haciendo una América que ninguno de nosotros llegó a ver. Me quedo un rato y no aguanto, no sé si el frío u otra cosa.

Quedan hilos de luz y de llamas en el monte, busco la fila de puntos que forman Doña Eduarda, Fermín y el arreo. Ramón arranca la camioneta, hay que ir a la segunda etapa de nuestro recorrido, el ingreso de las llamas al corral. La noche se hace amiga y la oscuridad de la Puna es tan impresionante como la luz del sol. En el paño oscuro que tengo frente a mis ojos, veo desdibujada la figura pequeña de Doña Eduarda cargando mantas blancas, recién nacidas en el monte. Las están salvando de los zorros.
—Nacieron como 3 o 4, hoy —dice Doña Eduarda pasándose un pañuelo por los ojos. —Pero una no va a sobrevivir.
Me da pena, tan pocas chances. En esta tierra tableada de pronósticos, con cuadros de más o menos chances, depende en dónde te pares.

La tarea realizada, la noche y el frío nos devuelven al pueblo. Un plato de sopa, una cocina que parece de antaño enclavada en una casa de antaño, un pedazo de pan casero mojado que me recuerda a las manos de mi abuela, en las manos de una mujer patrona de un pueblo en el camino de los Incas.
—¿Otro poco más?
—Y sí, otro poco más.
Hoy estoy de este lado de las chances, así que elijo otro poco más.

lunes, 18 de enero de 2010

Los Yuyos


Abrí la puerta de un golpe y salí corriendo hasta la calle, sentía la garganta caliente y el estómago hirviendo de ardor. En la corrida tropecé con unas baldosas rotas y volé por sobre la vereda. Cuando apoye las manos sobre el cordón, ya el vómito estaba saliendo de mi boca y corriendo como río calle abajo. La gente pasaba cerca pero no se detenía, no me asombré. Desolado miré como se armaba una línea amarilla viscosa que me separaba del asfalto, el olor era fuerte. Sentía pastosa la boca, un sabor ácido y cierto temor. Pero cuando quise acordar estaba parado frente al bar de Sánchez. Tenía hambre.

Sánchez, como le decían los amigos y vecinos, era el dueño de un típico bar de barrio llamado Los Yuyos. Apenas entré al bar me pedí una grappa de orejones, el sabor amargo casi medicinal, me recordaba los jarabes caseros de la vieja. Miré alrededor y vi a los de siempre acodados sobre la mesa de mármol, gastada de tanto culo de chupines, botellas y platos viejos. Los del bar paraban en la barra, sólo las mesas se poblaban de los que no eran habitués y de los jóvenes que llegaban en grupo. La barra del loco Sánchez era un campo de batallas a la que sucumbían todos cuando el sol caía sobre la bahía.

Cuando el loco me sirvió la segunda grappa, se me acodó por sobre la barra hasta casi llegar a tocarme la cara con la punta aquilina y prominente de su nariz.
—¿Y…, te dijo algo? —me tiró mientras levantaba las inmensas cejas grises que poblaban una frente ancha.
¡Qué le iba a decir! Me resigné a apretar los labios y asentir con la cabeza. Tragué un sorbo grande de grappa que me quemó de nuevo, la garganta y el estómago. Sánchez seguía ahí inmóvil, mirándome, tenía los antebrazos apoyados sobre el mármol; en una mano un trapo, en la otra la botella de grappa. No le pude sostener la mirada, aunque sabía que estaba esperando que suelte la lengua y hasta tal vez, me largara en una confesión desoladora. Pero, ¡qué iba a hacer eso ahí en el bar! La barra no era para llantos. Antes de volverse hacia la despensa el loco me llenó el vaso por tercera vez. Lo vi de reojo hacer una mueca. ¿Era de lástima?
—Tomate ésta que ahora te traigo algo para picar. La bondiola está que se derrite. Te pongo unos pedazos de pan, ¿querés? —preguntó con un tono casi paternal.
—Sí —le contesté a secas.

En esas Julito entró a los gritos, cantando y festejando el triunfo de La Violeta del domingo. Claro, estaba el Rengo acodado en la punta. No le había prestado atención hasta ese momento. A Julito lo conocía desde la infancia. Hacía años habíamos discutido y si bien con el tiempo seguimos siendo amigos, nunca fue lo mismo. Me causó alegría verlo festejar porque la última vez que lo había visto estaba golpeado por la crisis de trabajo y lo tenía mal tirado.
Ahí nomas se armó cierto alboroto de puteadas, corchos que volaban desde todas direcciones y el loco que gritaba revoleando el trapo siguiéndolo a Julito en la emoción. El negro Samudio con la radio de algún partido pegada a la oreja, hacía ademanes con la mano buscando acallar los gritos.
—¡Andá negro manya! —le gritó Julito golpeándolo con el diario hecho un tubo de papel—. ¡Andá, dejate de meta timba negro que te vas a quedar pelado!
Al negro le gustaba apostar, plata, un trago, lo que venga. El negro claro, se dio media vuelta y siguió con la radio en la oreja.

Todo el griterío hizo olvidarme un poco del ardor y la molestia. Me estaba terminando de tomar la grappa que me quedaba en el chupín, cuando Da Silva me palmeó la espalda antes de acomodarse sobre la banqueta al lado mío. Da Silva era un tipo bueno, honesto, medio secote para las expresiones pero directo en lo que pensaba.
—¿Cómo te va, botija? —me preguntó sin mirarme.
Le respondí con la cabeza haciendo una mueca que no alcanzó a ver. Calculo que por eso me agarró del cuello para que no me zafara y me habló cerca del oído.
—Me contó el loco —dijo en tono de confesión. Quedáte tranquilo, Oviedo, todo va a salir bien. De estas cosas también se sale, ¿sabés?
No supe qué decirle. Me daba lástima Da Silva tratando de darme esperanzas.
En eso viene el pibe y me pone sobre la barra un plato con un pedazo generoso de bondiola, unas papas, una jarra de vino chica y unos pedazos de pan. Me acomodo en la banqueta y empiezo a comer con el barullo de Julito, el loco, el Rengo y otros más. Da Silva se para sobre los posa pies del banco y grita algo que no logro entender. Una lluvia de soda cae sobre nosotros. Puteo porque me mojaron el pan y las papas.
—Vos lo que tenés que pensar es que acá en el bar siempre vas a encontrar a los amigos, ¿sabés? Y eso, vale oro m’ hijo. —Da Silva me hablaba con la manos abiertas y calladas
—Eso es lo que yo digo. —El loco, se sumó a la conversación mientras me cambiaba por otras, las papas y el pan—. Mirá si te vas a hacer mala sangre a esta altura de la vida. Dejáte de joder. La vida hay que vivirla hasta la última gota. Hasta exprimirle todo el vino —terminó diciendo a las carcajadas mientras Da Silva asentía seriamente.
—Vos lo que tenés que hacer, Oviedo, escuchame bien lo que te digo: agarrás una hoja, un lápiz y te haces una lista de cosas. Así te vas organizando con el tiempo. Porque no hay nada peor que te llegue el día y pienses que te quedaron cosas pendientes. —remató Da Silva.
Ahí nomas los dos se pusieron a dar grandes consejos de cómo y qué hacer, a recordar a algunos que ya no estaban, a debatir acerca de la vida y cómo vivirla.
—Ya la hice —respondí sin que me escuharan.

Me fui del bar cuando ya las luces de la ruta iluminaban la bahía. Caminé un rato por las calles cerca del puerto. Viejos, gastados, los edificios del ex mercado se acodaban como los hombres desolados que hacía un rato había abandonado en el bar. Esa noche tuve un sueño extraño. «Estaba parado al pie de una escalera de madera. En los últimos escalones había un charco de agua y estaba cuidando de no pisarlo para no resbalar. En ese momento suena el teléfono y atiendo. No era mi casa. Pero el teléfono era mío. Me habla del otro lado Julito. Me decía que La Viole había ganado y que se iba en caravana a festejar a las canteras del Prado. No le contesté nada y corté. Inmediatamente después me tocan el timbre y atiendo. Hay un tipo de traje y maletín en la puerta que dice vender biblias para ayudar a su familia. Me niego a comprarle. Insiste. Acepto y después de pagarle cierro la puerta y la apoyo en el escalón mojado de la escalera». Ahí pierdo un poco el recuerdo del sueño. «Cuando vuelvo a agarrar la biblia, mojada por el agua, registro que no es una biblia católica sino que es un libro budista. Lo hojeo sin demasiado interés y abro una página en donde había una foto de Julito con la camiseta de Defensor, tenía una mano en alto. Lo cerré y lo guardé en un cajón».

Al otro día pasé por Los Yuyos. Estaba cerrado. Me llamó la atención, la última vez que había cerrado el loco fue cuando se le murió un pibe en el negocio con un coma alcohólico. Después nos enteramos que había mezclado sustancias.

Da Silva estaba sentado en el escalón de la puerta de servicio. Me miró con una expresión de susto. Pensé que había alguien atrás mío, tanto así que hasta me di vuelta para confirmarlo. Cuando me acerco, palmea la piedra del escalón para que me siente a su lado. Me inclino y me pasa un brazo sobre los hombros.
–Nadie entiende nada, Oviedo. Imagináte. Vos junaste que seguía cantando con La Viole colgada de los hombros. De ahí se fue para el puerto con los muchachos, meta canto. Pero viste cómo somos nosotros, es todo sano acá. Pobre Julito —se agarraba los ojos hinchados pero sin lágrimas. Estaba meta grito, medio quebrado pero tranquilo, dijeron. Ahí nomas se cruzaron con una barra del Danubio, guachos jóvenes. Y bueno, nadie sabe bien cómo, ni de dónde salieron los tiros. Pero lo que sí saben es que el Julito estaba cerca del paredón, fulminante cayó de espaldas sobre el río. Los muchachos bajaron por las escalinatas, las de ahí cerca del faro —apunta con el dedo hacia donde corta el cielo con el río y sigue…—, las que llegan hasta la escollera por el costado. Pero el Julito ya no estaba. Las olas golpeaban fuerte porque había viento. El negro Samudio dice que los escalones de la escollera estaban mojados y tenían miedo de darse un golpazo y caer de boca a las piedras. Que estaba tan oscuro que no lo vieron más. Arriba los guachos ya se habían rajado después de los tiros. —Da Silva hablaba con la mirada fija hacia adelante.

Me dí cuenta de que estaba mirando el limonero de enfrente. Ahí antes, había un baldío lleno de yuyos, de todos los tamaños. Cuando lográbamos cortarlos, jugábamos a la pelota mientras los viejos se tomaban la caña enfrente. Quise tener el papel en la mano, lo busqué en el bolsillo de mi pantalón. Tanteé y me paralicé cuando no lo sentí. Pensé que lo había perdido y hasta me paré de la desesperación mientras revisaba los bolsillos internos. Cuando lo encontré lo abrí aliviado, desplegando todo los dobleces. Miré la lista. Busque algo, un lápiz, una birome en el bolsillo de la camisa. Encontré un pedacito de carbón en el piso. Lo agarré y taché una de las líneas de la lista. Me remangué los pantalones y me senté al lado de Da Silva con el papel en la mano.

—No hay tiempo, eso es lo que pasa. —le dije mientras miraba el limonero.
—No, no es eso. No hay derecho, eso es lo que pasa. ¿Se habrá ido a otra vida el Julito? Capaz que le vaya mejor.
Apreté la mano para no llorar. El papel se arrugó como un nudo hasta desaparecer. Los muchachos empezaban a llegar al bar.

martes, 12 de enero de 2010

El armario


El sonido brusco de los golpes en la puerta. Uno, dos, tres. Paraban. Y luego de nuevo, consecutivamente. Secos, firmes, percibía en el golpe hasta el sonido de los nudillos sobre la madera. Me estremecía saber que del otro lado había alguien. En medio de la oscuridad, empezaba a agudizar el oído y la vista con el paso del tiempo. Ahí era cuando veía los destellos de luz que emanaban los cuchillos y tenedores que colgaban sobre mi cabeza. La luz entraba por una pequeña hendija que tenía la madera.

Era un armario viejo y pequeño que tenía de niña. Siempre me había gustado ese armario. Por muchas razones, el color, la forma: con cierto pliegue en la madera tallada. Parecía de princesa. Dentro colgaban pequeñas perchas que llevaban mis prendas. Cuando era chica me divertía ordenando y colgando vestidos, blusas y polleras. Los zapatos de charol apilados en los estantes. Lo había armado mi abuelo que era carpintero. Pero en el sueño el armario se transformaba en un lugar totalmente distinto. Ajeno en cierto aspecto, oscuro, el color se tornaba en uno más grisáceo.

Sucedía exactamente igual. Todas las noches. Yo dentro del armario hermoso de mi niñez. Cabía mi cuerpo como si fuera aquél de niña. Lúgubre y oscuro en el sueño. Los cuchillos y tenedores reemplazaban a las prendas en las perchas. Los golpes en la puerta una y otra vez. No me animaba a responder ni a salir, pero la conciencia de saber que había alguien allí y que llamaba a mi puerta me desesperaba. Sentía su aliento del otro lado. A veces, tenía la sensación de que apoyaba su oído contra la madera para escucharme respirar, para confirmar si aún seguía ahí. ¿Cómo iba a escaparme? ¿Cómo iba a salir con tal presencia espeluznante del otro lado? Casi siempre despertaba en medio de los golpes. Sobresaltada y aturdida. Pero recordaba casi a la perfección la escena, las sensaciones era tan reales que si podía filmarlas hubiera sido a la perfección. Los olores, los rostros y expresiones, las luces y contrastes.

Intenté de todo para evitar el sueño. Acostarme tarde sin cenar, o haciéndolo de todos modos. Vestida o desnuda. En mi cama, en otra o en un sillón. Algunas noches hasta dormí en el piso pensando que tal vez la incomodidad no me dejaría caer en un sueño profundo. Una vez probé dormir con un cuchillo en la mano, pero opté por un tenedor por temor a no controlar lo que sucediera. Fue una buena decisión, ya que cuando me desperté tenía las manos hinchadas y doloridas. Había estado clavándome los dientes del tenedor en las palmas de la mano durante largo rato. No había llegado a lastimarme seriamente pero sí a dañarme un poco. No lo hice nunca más. No le había contado a nadie el sueño. Pensaba que muchos se reirían de mí o no me comprenderían. Ni siquiera a mi familia le había comentado tal situación. Pero mi madre notaba que algo no andaba bien. Porque algunas veces me despertaba a los gritos y sudada. Ella corría a mi dormitorio asustada. Luego no volvía a dormirme más. Por lo cual descansaba muy pocas horas.

En una ocasión, antes de irme a dormir, vino mi madre hasta el dormitorio. Se sentó a mi lado en la cama y me dijo que ella intentaba protegerme todas las noches. Que si no quería contarle estaba bien. Pero que si los sueños continuaban íbamos a tener que ir a algún especialista. Yo la escuché sin decir nada al respecto. Me saludó dulcemente en la mejilla y deslizó su mano debajo de la almohada. Cuando se fue de la habitación tomé lo que había colocado. Era una estampilla de una virgen. No recuerdo cuál. Me pareció dulce y al mismo tiempo extraño. No éramos una familia creyente. O al menos nunca me habían inculcado pensamientos religiosos. La dejé dónde la había encontrado. No perdía nada con probar la protección de la virgen. Pero el sueño volvió a ser el mismo de siempre.

Después de eso mi vida se volvió un infierno. Estaba desconcentrada y ausente. Nada me motivaba. No quería salir ni ver amigos. En el colegio no me iba nada bien y los profesores comenzaron a preocuparse. Comía poco, descansaba mal, no me concentraba y casi no hablaba. Al poco tiempo me llevaron al especialista. Sentía que aquél hombre no podía ayudarme. Las técnicas fueron varias, diván, con dibujos, notas. Nada funcionaba. El sueño se repetía una y otra vez. En algunas sesiones llamó a colegas. Me hicieron estudios y electroencefalogramas. Nada. Todas las noches pasaba por lo mismo.

En los últimos días temía dormir. Mi madre empezó a acompañarme despierta, según las indicaciones del especialista, para registrar si se producía alguna manifestación corporal durante el sueño. Tampoco hubo avances con esto. Dejé de ir al colegio y a frecuentar reuniones familiares. Me recluí en mi casa dónde vivía con mis padres.

Una noche, la pesadilla fue en un estado intermedio entre la vigilia y el sueño profundo. Un sueño lúcido. Sentí y vi como si tuviera los ojos abiertos, que estaba en mi dormitorio. Hasta vi objetos reales pero no lograba desconectarme. Estaba en mi cama pero al mismo tiempo estaba dentro del armario. Los golpes en la puerta, la oscuridad, el rechinar de la madera. Busqué mi cama, la pared, algo que me trajera de vuelta. Tanteé con las manos las sábanas de mi cama. Me incliné hasta el piso para tocar la madera del parquet y ahí fue cuando sucedió; esa única vez. Una mano sujetó mi brazo cuando buscaba tocar el piso. Una mano parecida a la del sueño me tomó de la muñeca y la apretó fuertemente. Cuando intenté zafarme desperté. Encontré que parte de mi cuerpo estaba sobre la cama y todo mi torso colgaba de ella hacia el piso. Mi mano izquierda estaba doblada hacia atrás presionando la madera del parquet. Casi más me fracturo por la presión que ejercí sobre ella.

Mis padres me internaron en una clínica por un tiempo breve. Cuando volví habían cambiado los muebles y el color de las paredes. Todo estaba distinto. Pero el sueño acudía a mí una y otra noche.

Ayer me llevé a la cama un anotador. Pero no pasó nada. Ahora estoy sentada en el armario y lo veo todo con claridad. Está pesado adentro. Anoto: «Los golpes están sonando sobre la puerta. Son claros, contundentes, pausados. Se detienen» Espero a que se repitan pero no sucede. Intento abrir la puerta lentamente, para no hacer ruido. Hay un tendedor a mi lado. Lo agarro con la mano libre. Abro la puerta, afuera no hay nadie. Mejor no salir. Me quedo espiando con el tenedor en la mano. Intentando descifrar las formas, los colores y los olores. Antes de cerrar la puerta encuentro un papel en el piso, sobresalía por debajo del armario. Lo agarro y vuelvo a meterme adentro. No sé cómo pude verlo en la oscuridad. Son las cosas inexplicables de los sueños. Anoto: «Salgo del armario. No hay nadie. Oscuridad total. Hay un papel en el piso. Lo agarro». El papel tiene un dibujo, creo que son pájaros y chanchos. Parece hecho por un niño por lo rústico de los trazos. Está dibujado con lápiz negro. Tiene un texto debajo, lo transcribo: «“Lamento que no estés aquí. El sol brilla y la madera cruje por el calor”». No entiendo qué significa. Del otro lado también hay un dibujo. Es un armario exactamente igual al que me encuentro. Anoto: «Estoy nerviosa, respiro mal, hay un dibujo del armario. Hay alguien». Hay un dibujo de un hombre con las manos abiertas apoyadas sobre la puerta. Parece que intenta bloquearla desde afuera. Me cuesta respirar. Creo que lo mejor es regresar el papel a su lugar. Pero no puedo abrir la puerta. Desespero. Imagino afuera al hombre trabando con sus manos mis intentos. Anoto: «No puedo abrir nuevamente la puerta. Algo o alguien la traba». Los cuchillos y tenedores colgados de las perchas arriba de mi cabeza, se mueven como si una corriente de aire los hiciera chocar unos con otros. El sonido es ensordecedor, me tapo los oídos. Me quiero mover pero mi ropa está clavada al piso del armario. Siento el cuerpo húmedo y caliente, rodeado de espinas. Se me nubla aún más la vista. Tengo las manos inmovilizadas, las siento hinchadas. Anoto: «Algo está mal. No me puedo mover. Siento las manos hinchadas y me duelen. La cabeza me pesa. Tal vez esté por desmayarme...»
El hombre dejó de resistir, pero la puerta nunca se abrió.

La función “deshacer”


Javier abrió el ropero y sacó la camisa a cuadros roja, la olió brevemente y con un gesto de poco agrado se la puso sobre la remera blanca, se la abrochó y caminó en círculo. Repasaba mentalmente todo lo que había guardado. Agarró el compacto bolso azul de lona y se lo colgó en el hombro como si él mismo fuera una percha. El cuerpo espigado y largo, desgarbado casi, le daba una fisonomía estilizada pero al mismo tiempo uniforme. Bajo las escaleras dando zancadas cuando se chocó con Francisco que subía en ese momento.

—Ya me voy —le dijo Javier, agitado—. ¡Como siempre a las corridas!
Los hermanos se abrazaron con una palmada en las espaldas.
—¡Nos vemos a la vuelta! —le gritó Francisco cuando la puerta ya se había cerrado.
En la esquina el Volkswagen amarillo tenía las luces del señalero titilando. Javier abrió el baúl del auto y tiró el bolso adentro. Pablo y Javier eran amigos desde el jardín de infantes.
—Bueno pibe, ¡todo listo! —le dijo a Pablo que estaba sentado mirando hacia adelante.

Con una mirada de taladro en el rostro, movía las manos tamborileando con los dedos el volante del auto. Diminuto, medio rubión, tenía la apariencia de preocupación constante, como si lo que estuviera haciendo nunca le convenciera del todo. Ambos se quedaron mirando hacia el frente por un largo rato, por alguna extraña sensación no podían dejar de hacerlo. En realidad, sabían que este paso era el comienzo de una historia nueva. El momento de la partida aunque lo pareciera, no era casual. Pablo y Mariana se habían separado el día anterior. Coincidentemente, fue el mismo día que Javier y su mamá Ruth, habían discutido fuertemente.

El viaje tenía un itinerario bastante largo, ninguno sabía dónde terminaría, lo habían planeado varias veces y por distintos motivos se había cancelado. Si se esforzaba, Javier lograba recordar con precisión algunas de las situaciones en donde lo habían hablado: en el vestuario del club después del partido de fútbol en el que el Chapa se lesionó la rodilla, en el bar del Tano cuando casi más se les prende fuego el horno de piedra (extraño pero casi sucede) en el pasillo de la facultad cuando reprobó Mecánica racional y por último, cuando Pablo perdió a la vieja y sentado en el velatorio en un sillón marrón de estilo Chesterfield muy desvencijado, dijo:

—¡Nos tenemos que ir man! —con la mirada depositada en el cuadro “Los Girasoles” de Vincent Van Gough que colgaba sobre la pared empapelada.

Pero a pesar de lo que indicaría tal seguridad, Pablo siempre fue el más dubitativo de los dos. No se le podía llamar inseguro, pero sí algo indeterminado. Cada vez que tomaba una decisión y la sostenía con seguridad –de modo crónico y sintomático- sucedía que al poco tiempo comenzaba a dudar no sólo de la decisión, sino del por qué la había tomado.

El problema era que Pablo no quería ni pensar en qué decirle a Mariana cuando lo llamase. Al final, a pesar de haber decidido irse sin mediar palabra, la realidad era que Pablo había dejado a Mariana unos días atrás. Pero el modo en que la había dejado, las palabras que había elegido, el momento, la cara de Mariana cuando se lo dijo, lo que hizo después. Todas esas escenas armaban en la cabeza de Pablo una imagen tan perturbadora que le paralizaba la respiración y le retorcía el estómago.

—Y es así, que querés que te diga —Pablo habló en voz alta—. ¡Soy un miserable!
—¿Por lo de Mariana, lo decís? —dijo Javier mientras miraba un punto fijo en la ventanilla.
—Y sí, ¿por qué lo voy a decir, sino? —replicó
—Bueno ahora ya está, no podes hacer nada —sentenció Javier.
“Ahora no podía hacer nada, era cierto —pensó Pablo—. Si pudiera llevar el tiempo atrás y evitar hacer y decir tantas pelotudeces, sería un golazo”.

Pablo había dejado a Mariana, vuelta a buscarla y vuelta a dejarla, en el transcurso de una semana. Mariana no se lo merecía. Lo sabía, pero aún así lo había hecho. Dejó a Mariana mientras cenaban una noche cualquiera. No había planeado hacerlo ese día. En realidad no había planeado nada. Pero cuando se dio cuenta, Mariana le hacía un interrogatorio de por qué jugaba con la comida, que no entendía lo que le estaba diciendo, por qué siempre se quedaba callado cuando era evidente que le pasaba algo, si lo que estaba diciendo significaba que no la quería más y así. Cuando quiso acordar, Mariana estaba llorando en plena crisis, él diciéndole que se quería separar y minutos después armando una mochila con un par de prendas que nunca usó. Los episodios posteriores a éste fueron lamentables. Tan sólo recordarlos le hacía cortar la respiración por las arcadas que un vómito inminente le provocaba.

—¿Bueno y con tu vieja qué es lo que pasó? —Pablo buscaba hablar de otro tema.
Apoyó las manos en el volante mientras el semáforo estaba en rojo.
—La mandé a la mierda —le contestó Javier sin vueltas.
—….Aha. ¿Así literalmente o…?—aclaró mientras empezó a reírse y ponía primera con el semáforo en verde.
—No, boludo —aclaró—. Ojalá hubieran sido ese par de palabras solamente.
—Bueno —insistió Pablo—. ¿Entonces?
—Después de todo el quilombo del otro día era difícil hablar. Así que las cosas se resolvieron a los gritos, puteada va, puteada viene, pasada de factura de hace años y bué —intentó simplificar Javier mientras gesticulaba con las manos dibujando la escena en el aire.
—Claro..
—….Yo sabía que esto terminaba mal. ¡Lo sabía! —continuó hablando—. Pero era eso, o no se hablaba nada. Vos me entendés —dijo mientras lo miró a Pablo buscando aceptación—. ¡La cuestión es distinta, man! Porque vos a Mariana si querés no la ves nunca más y fue. Pero yo a la vieja, quiera o no quiera la tengo que seguir viendo. Y yo sé —dijo mientras se golpeaba el pecho con la manos— que me fui de boca. Y de eso, no se vuelve.

Javier y su mamá Ruth siempre habían sido muy unidos. Se podría decir, que era “el preferido”. Javier había sido de los que se llama comúnmente el hijo ejemplar para la madre. Se había recibido con honores en la carrera que ella le había sugerido, se vestía con la ropa que le regalaba, se había hecho cargo de los negocios de la familia y hasta rompió con las novias que no habían recibido el visto bueno de la madre.

—¿Es posible que uno pueda borrar de algún modo lo que hizo? —dijo Javier pensando en voz alta.
—No.
—Estaría bueno que lo hubiera…fantaseando, ¿no? —. Tal vez volver hacia atrás y reescribir la escena, como si fuera una película —continuó mientras se tocaba con los dedos las palmas de las manos extendidas sobre las rodillas.
—¿Sabes en qué estuve pensando, ahora que decís esto? —dijo Pablo sin esperar respuesta—: en la posibilidad de un Ctrl-Z aplicable a la vida. Sería algo así como un patrón “deshacer”.
Javier lo miró y largó la risa como un niño.
—Un estado Memento, es algo así como tener la posibilidad de retornar una situación a su estado inmediatamente anterior —siguió emocionado Pablo—.
—¡Uhhh! —dijo Javier entusiasmado con la idea—. A ver…el patrón funcionaría algo así —explicó—: se realiza una “copia” de la situación antes de aplicar la modificación, de forma que siempre se pueda volver hacia atrás, al menos, hasta el paso previo a la última modificación.
—Claro, ahí va —continuó Pablo—. De tal modo de que sea posible guardar la máxima cantidad de “estados anteriores” de la situación, ¿no?
—¡Jajajajajajaja! —festejó Javier mientras se acomodaba en el asiento con entusiasmo—. Entonces se podría aplicar por ejemplo en tu caso, a la situación con Mariana. Y en mi caso, tal vez, lo aplicaría a la última conversación con mi vieja….
Pablo se quedó pensando hasta qué momento volvería.
—Llevaría el estado previo al griterío —continuó Javier— donde le dije que era una frustrada pero que eso no tenía que ver conmigo—Javier terminó la frase y se quedó pensando.
—¡Ufffff! —Pablo gesticuló frunciendo las cejas—. Tal vez —pensó en voz alta— ya no fuera posible decir: “No tendría que haberle dicho eso”…
—No te entiendo.
—¡Claro!, puede ser peligroso —advirtió—. Primero, porque la sensación de culpa se controlaría bastante, ¿no? —preguntó buscando aprobación—. Y segundo, porque sólo se puede deshacer lo último que se modificó y nada más. Tampoco nos hagamos los piolas —dijo riéndose.
—Entonces estoy al horno —la cara de Javier hizo una mueca de disgusto—. Yo tendría que hacer un Ctrl-Z primero de este viaje para después hacerlo de la conversación con mi vieja, de la carrera que hice…—enumeró las situaciones de a una en un tono entrecortado.

La ciudad cada vez iba desapareciendo más y en su lugar un paisaje desolado se veía a los costados de la ruta.
Javier se despertó de golpe, sentía la cabeza palpitar, las sienes contraídas. Miró a su alrededor, el aire espeso no lo dejaba respirar. Tosió y escupió un poco de sangre vieja que tenía en la boca. La camisa a cuadros ya no se distinguía. No vio a Pablo, el ambiente era confuso y su cabeza también. La carretera no se divisaba y la cantidad de humo le nublaba la vista. Pensó al revés y fue hacia atrás, sistemáticamente como si fuera un juego intentó reconstruir los episodios del día. El último recuerdo al que llegó era el saludo de Francisco, vio su rostro y la sonrisa, sintió la palma húmeda en la espalda. ¿Y si fuera posible la corrección de errores en el mundo real? —pensó e hizo un suspiro—. ¿Y la corrección de las correcciones?

Cuando mi hermano volvió de la clínica a casa, estaban sentados en el sillón del living el viejo, Francisco, Ruth y Mariana. Todos lo miraron con distintas expresiones. Algunos de lástima, otros de felicidad. Yo fui la primera en acercarme. Le pasé un brazo por el cuello y lo abracé suave pero con firmeza, como si no pudiera desprenderme de él nunca más. “Tan frágil” —pensé. Luego se acercaron Ruth, Francisco y Mariana. De a uno lo fueron saludando con lágrimas en los ojos y cierta emoción por el reencuentro. El único que no se movió del sillón fue el viejo, que estaba sentado con el cuerpo paralizado y el rostro duro con ese mechón de pelo blanco que le caía.

—Lo único que quiero ahora —dijo sin emoción absoluta—: es que olvidemos todo lo que pasó y empecemos de cero.
Pablo, mudo, giró la rueda de la silla en la que estaba sentado y se dirigió hacia la cocina.

martes, 20 de octubre de 2009

La medida de la asfixia


Ernesto, es un tipo raro, todos los que lo conocen lo ven así. Cada mañana, se levanta y sale de la cama vestido con la ropa que casi usará a lo largo del día. Remera blanca, pantalón jogging y medias largas futboleras por encima del pantalón.

Hoy, se despertó un poco aturdido pensando en las posibilidades de ganar “Pulsaciones”, un programa de TV en el cual piensa concursar.

Ernesto, se sienta al borde de la cama y hunde la mano debajo de ella. Tantea en el piso revistas, controles de diferentes artefactos eléctricos, ropa, un plato sucio y botellas de plástico que al rozarlas salen despedidas rodando por el piso. Finalmente, encuentra lo que estaba buscando y saca una ojota, después la otra.

—¡7 veces! —fueron las oportunidades hasta encontrar las ojotas.

Se sacude las manos limpiando el exceso de polvo que había quedado como resultado de la búsqueda. Se calza dificultosamente pero con éxito las ojotas, pasando el dedo gordo con cuidado para que sea confortable. La imagen final de Ernesto es deplorable.

El cree que ganaría, ya que por una deficiencia cardíaca tiene un nivel de pulsaciones muy bajo, lo cual sería una de las condiciones óptimas para concursar. Piensa en cómo organizar el ejército de ayuda, las variables de aciertos y descartes, la música que le gustaría escuchar en el descanso. Con todas esas ideas en la cabeza se dirige a la cocina y sin cepillarse los dientes muerde un pedazo de pan que había quedado sobre la mesa. Saca una estadística de cuántas mordidas promedio hace un ser humano antes de tragar.

—¡12! —dice mientras frunce el seño y se rasca la mandíbula, dudando un poco.

El teléfono suena tres veces hasta que atiende. Silbando una melodía, levanta el auricular.

—¿Estoy hablando con el Sr. Ernesto Ambrosio? —dice sin mediar introducción un hombre con voz serena y pausada.

—Sí, ¿quién habla ahí? —sorprendido Ernesto levanta la voz repentinamente.

—Sr. Ambrosio me presento, soy el Dr. Daniel Lamas, lo llamo de la Clínica Sagrado Corazón. Lamentamos comunicarle que en el día de hoy a las 12.46 pm falleció el Sr. Alberto Ambrosio Lima — dice el hombre con calma y cierta formalidad—. Lo siento mucho —concluye.

—¿Me puede informar cuál fue la causa? —dice con intriga.

—Intoxicación con monóxido de carbono —extrañado por la pregunta, el médico responde a secas.

—Muy bien, gracias por llamar —notoriamente desinteresado en la llamada, cuelga sin esperar respuesta alguna.

Se mete otro pedazo de pan en la boca

—Pobre viejo hijo de puta —dice masticando con la boca abierta—. Después de todas las que se mandó se fue a morir de una pelotudez.

En ese instante, mientras mordisqueaba el pan, se atraganta con una miga. Tose y escupe un líquido blancuzco. Con un poco de carraspera vuelve a toser para eliminar del todo la molestia. Pero no lo consigue. Algo le raspa la garganta, vuelve a toser ahora con más fuerza. Curva el cuerpo sobre sí y se toma del estómago. Mira hacia el piso y registra un cúmulo de pequeñas migas baboseadas, pero aún seguía la molestia. Se agarra el cuello con ambas manos, las piernas no le responden y cae de rodillas. Ernesto siente que algo está mal, se arrastra con una sola mano hasta la heladera a buscar agua. Parte del vómito había caído sobre la remera blanca dejando una mancha color beige a la altura del ombligo. Recorre la mirada sobre su cuerpo ya tendido en el piso y comienza a darse cuenta que lo que estaba sucediendo es que se estaba ahogando. Sencillamente, así.

Luego de un rato en el piso, intenta por última vez controlar la situación y logra toser de nuevo. Esta vez, con mucha mayor fuerza y concentración, escupe un gran vómito de migas de pan. Se sienta en el piso frío de baldosas y con tranquilidad y ritmo, comienza a respirar con los ojos vidriados.

—¡La puta! —dice riéndose en una mezcla de carcajada y temor—. ¿Cuántos minutos pueden pasar hasta morir por asfixia? —se pregunta a sí mismo.

Ernesto se asusta al no poder pensar en la respuesta.