
Podemos decirle un día señor traidor.
Podemos decirle un día que se lleve el dolor de tus manos cansadas,
que se lleve el dolor de tus manos cansadas de obrero incansable y casi ciego en la mirada.
Podemos decirle que quién sabe qué te dijo aquél hombre que poco conociste y te dejó encima el bulto de la responsabilidad ingrata y mal deseada de mantener una familia con tan sólo once años.
Podemos decirle que quién sabe qué te dijiste aquél día cuando te llevaste después de toda una puta vida de trabajo y familia, un bolso cargado en el hombro con tres camisas.
Podemos decirle cobarde y no nos equivocaríamos.
Podemos también cobrarle todas las monedas que te yuga el frío cada mañana y cada noche.
Podemos llamarlo ahora mismo a rendir cuentas mientras vos te des-armas en un vaso sin fondo y llamas a la puerta de tus hijos contando una anécdota sin memoria, una frase sinsentido, una risa de lunático que derrama el puño sobre el brazo caído.
Podemos pedirle explicaciones,
explicaciones de los caminos que sin querer se armaron y te trajeron hasta acá hoy como estas, como estas de cuerdo o de loco, como estas de solo y tan acompañado en tu hogar de todos.
Podemos citarlo a declarar y después condenarlo sin consideración a cien años o más de dolor por el que te ha causado,
tan mentiroso en cada una de sus promesas, tan siniestro en cada uno de tus momentos felices.
Podemos venderle un ramo de ojos y de rostros que esperan sentados en tu puerta a que vuelvas,
a que vuelvas como antes o como siempre, a que vuelvas trepado en un viaje de aventura y de colores,
a que vuelvas en aromas y en los cuentos tristes pero felices que cantabas al viento todos los días.
Podemos rogarle más agujas,
podemos rogarle más de alguna mecánica tictactera que siembre en tus días de hoy lo que estarás arrepentido de no tener mañana, si no estuvieras.
Podemos gritarle con rencor y odio,
con rencor y odio por haberte tenido al hilo cada día, por no haberte cedido ni siquiera un changüí para aflojar un poco la cuerda y darte un beso o un respiro,
un beso o un respiro que hoy te falta cuando cerras los ojos sin querer y arrancas todas las hojas del cuaderno rayado que compraste en aquélla feria para que yo te escribiera esto ahora.
Podemos pedirle compasión,
que no se arrepienta de nada y sin embargo te eche en cara todo,
podemos pedirle compasión,
que puedas dar la vuelta como a la taba y cambies todo sin cambiar nada.
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