martes, 20 de octubre de 2009

La medida de la asfixia


Ernesto, es un tipo raro, todos los que lo conocen lo ven así. Cada mañana, se levanta y sale de la cama vestido con la ropa que casi usará a lo largo del día. Remera blanca, pantalón jogging y medias largas futboleras por encima del pantalón.

Hoy, se despertó un poco aturdido pensando en las posibilidades de ganar “Pulsaciones”, un programa de TV en el cual piensa concursar.

Ernesto, se sienta al borde de la cama y hunde la mano debajo de ella. Tantea en el piso revistas, controles de diferentes artefactos eléctricos, ropa, un plato sucio y botellas de plástico que al rozarlas salen despedidas rodando por el piso. Finalmente, encuentra lo que estaba buscando y saca una ojota, después la otra.

—¡7 veces! —fueron las oportunidades hasta encontrar las ojotas.

Se sacude las manos limpiando el exceso de polvo que había quedado como resultado de la búsqueda. Se calza dificultosamente pero con éxito las ojotas, pasando el dedo gordo con cuidado para que sea confortable. La imagen final de Ernesto es deplorable.

El cree que ganaría, ya que por una deficiencia cardíaca tiene un nivel de pulsaciones muy bajo, lo cual sería una de las condiciones óptimas para concursar. Piensa en cómo organizar el ejército de ayuda, las variables de aciertos y descartes, la música que le gustaría escuchar en el descanso. Con todas esas ideas en la cabeza se dirige a la cocina y sin cepillarse los dientes muerde un pedazo de pan que había quedado sobre la mesa. Saca una estadística de cuántas mordidas promedio hace un ser humano antes de tragar.

—¡12! —dice mientras frunce el seño y se rasca la mandíbula, dudando un poco.

El teléfono suena tres veces hasta que atiende. Silbando una melodía, levanta el auricular.

—¿Estoy hablando con el Sr. Ernesto Ambrosio? —dice sin mediar introducción un hombre con voz serena y pausada.

—Sí, ¿quién habla ahí? —sorprendido Ernesto levanta la voz repentinamente.

—Sr. Ambrosio me presento, soy el Dr. Daniel Lamas, lo llamo de la Clínica Sagrado Corazón. Lamentamos comunicarle que en el día de hoy a las 12.46 pm falleció el Sr. Alberto Ambrosio Lima — dice el hombre con calma y cierta formalidad—. Lo siento mucho —concluye.

—¿Me puede informar cuál fue la causa? —dice con intriga.

—Intoxicación con monóxido de carbono —extrañado por la pregunta, el médico responde a secas.

—Muy bien, gracias por llamar —notoriamente desinteresado en la llamada, cuelga sin esperar respuesta alguna.

Se mete otro pedazo de pan en la boca

—Pobre viejo hijo de puta —dice masticando con la boca abierta—. Después de todas las que se mandó se fue a morir de una pelotudez.

En ese instante, mientras mordisqueaba el pan, se atraganta con una miga. Tose y escupe un líquido blancuzco. Con un poco de carraspera vuelve a toser para eliminar del todo la molestia. Pero no lo consigue. Algo le raspa la garganta, vuelve a toser ahora con más fuerza. Curva el cuerpo sobre sí y se toma del estómago. Mira hacia el piso y registra un cúmulo de pequeñas migas baboseadas, pero aún seguía la molestia. Se agarra el cuello con ambas manos, las piernas no le responden y cae de rodillas. Ernesto siente que algo está mal, se arrastra con una sola mano hasta la heladera a buscar agua. Parte del vómito había caído sobre la remera blanca dejando una mancha color beige a la altura del ombligo. Recorre la mirada sobre su cuerpo ya tendido en el piso y comienza a darse cuenta que lo que estaba sucediendo es que se estaba ahogando. Sencillamente, así.

Luego de un rato en el piso, intenta por última vez controlar la situación y logra toser de nuevo. Esta vez, con mucha mayor fuerza y concentración, escupe un gran vómito de migas de pan. Se sienta en el piso frío de baldosas y con tranquilidad y ritmo, comienza a respirar con los ojos vidriados.

—¡La puta! —dice riéndose en una mezcla de carcajada y temor—. ¿Cuántos minutos pueden pasar hasta morir por asfixia? —se pregunta a sí mismo.

Ernesto se asusta al no poder pensar en la respuesta.



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