martes, 12 de enero de 2010

La función “deshacer”


Javier abrió el ropero y sacó la camisa a cuadros roja, la olió brevemente y con un gesto de poco agrado se la puso sobre la remera blanca, se la abrochó y caminó en círculo. Repasaba mentalmente todo lo que había guardado. Agarró el compacto bolso azul de lona y se lo colgó en el hombro como si él mismo fuera una percha. El cuerpo espigado y largo, desgarbado casi, le daba una fisonomía estilizada pero al mismo tiempo uniforme. Bajo las escaleras dando zancadas cuando se chocó con Francisco que subía en ese momento.

—Ya me voy —le dijo Javier, agitado—. ¡Como siempre a las corridas!
Los hermanos se abrazaron con una palmada en las espaldas.
—¡Nos vemos a la vuelta! —le gritó Francisco cuando la puerta ya se había cerrado.
En la esquina el Volkswagen amarillo tenía las luces del señalero titilando. Javier abrió el baúl del auto y tiró el bolso adentro. Pablo y Javier eran amigos desde el jardín de infantes.
—Bueno pibe, ¡todo listo! —le dijo a Pablo que estaba sentado mirando hacia adelante.

Con una mirada de taladro en el rostro, movía las manos tamborileando con los dedos el volante del auto. Diminuto, medio rubión, tenía la apariencia de preocupación constante, como si lo que estuviera haciendo nunca le convenciera del todo. Ambos se quedaron mirando hacia el frente por un largo rato, por alguna extraña sensación no podían dejar de hacerlo. En realidad, sabían que este paso era el comienzo de una historia nueva. El momento de la partida aunque lo pareciera, no era casual. Pablo y Mariana se habían separado el día anterior. Coincidentemente, fue el mismo día que Javier y su mamá Ruth, habían discutido fuertemente.

El viaje tenía un itinerario bastante largo, ninguno sabía dónde terminaría, lo habían planeado varias veces y por distintos motivos se había cancelado. Si se esforzaba, Javier lograba recordar con precisión algunas de las situaciones en donde lo habían hablado: en el vestuario del club después del partido de fútbol en el que el Chapa se lesionó la rodilla, en el bar del Tano cuando casi más se les prende fuego el horno de piedra (extraño pero casi sucede) en el pasillo de la facultad cuando reprobó Mecánica racional y por último, cuando Pablo perdió a la vieja y sentado en el velatorio en un sillón marrón de estilo Chesterfield muy desvencijado, dijo:

—¡Nos tenemos que ir man! —con la mirada depositada en el cuadro “Los Girasoles” de Vincent Van Gough que colgaba sobre la pared empapelada.

Pero a pesar de lo que indicaría tal seguridad, Pablo siempre fue el más dubitativo de los dos. No se le podía llamar inseguro, pero sí algo indeterminado. Cada vez que tomaba una decisión y la sostenía con seguridad –de modo crónico y sintomático- sucedía que al poco tiempo comenzaba a dudar no sólo de la decisión, sino del por qué la había tomado.

El problema era que Pablo no quería ni pensar en qué decirle a Mariana cuando lo llamase. Al final, a pesar de haber decidido irse sin mediar palabra, la realidad era que Pablo había dejado a Mariana unos días atrás. Pero el modo en que la había dejado, las palabras que había elegido, el momento, la cara de Mariana cuando se lo dijo, lo que hizo después. Todas esas escenas armaban en la cabeza de Pablo una imagen tan perturbadora que le paralizaba la respiración y le retorcía el estómago.

—Y es así, que querés que te diga —Pablo habló en voz alta—. ¡Soy un miserable!
—¿Por lo de Mariana, lo decís? —dijo Javier mientras miraba un punto fijo en la ventanilla.
—Y sí, ¿por qué lo voy a decir, sino? —replicó
—Bueno ahora ya está, no podes hacer nada —sentenció Javier.
“Ahora no podía hacer nada, era cierto —pensó Pablo—. Si pudiera llevar el tiempo atrás y evitar hacer y decir tantas pelotudeces, sería un golazo”.

Pablo había dejado a Mariana, vuelta a buscarla y vuelta a dejarla, en el transcurso de una semana. Mariana no se lo merecía. Lo sabía, pero aún así lo había hecho. Dejó a Mariana mientras cenaban una noche cualquiera. No había planeado hacerlo ese día. En realidad no había planeado nada. Pero cuando se dio cuenta, Mariana le hacía un interrogatorio de por qué jugaba con la comida, que no entendía lo que le estaba diciendo, por qué siempre se quedaba callado cuando era evidente que le pasaba algo, si lo que estaba diciendo significaba que no la quería más y así. Cuando quiso acordar, Mariana estaba llorando en plena crisis, él diciéndole que se quería separar y minutos después armando una mochila con un par de prendas que nunca usó. Los episodios posteriores a éste fueron lamentables. Tan sólo recordarlos le hacía cortar la respiración por las arcadas que un vómito inminente le provocaba.

—¿Bueno y con tu vieja qué es lo que pasó? —Pablo buscaba hablar de otro tema.
Apoyó las manos en el volante mientras el semáforo estaba en rojo.
—La mandé a la mierda —le contestó Javier sin vueltas.
—….Aha. ¿Así literalmente o…?—aclaró mientras empezó a reírse y ponía primera con el semáforo en verde.
—No, boludo —aclaró—. Ojalá hubieran sido ese par de palabras solamente.
—Bueno —insistió Pablo—. ¿Entonces?
—Después de todo el quilombo del otro día era difícil hablar. Así que las cosas se resolvieron a los gritos, puteada va, puteada viene, pasada de factura de hace años y bué —intentó simplificar Javier mientras gesticulaba con las manos dibujando la escena en el aire.
—Claro..
—….Yo sabía que esto terminaba mal. ¡Lo sabía! —continuó hablando—. Pero era eso, o no se hablaba nada. Vos me entendés —dijo mientras lo miró a Pablo buscando aceptación—. ¡La cuestión es distinta, man! Porque vos a Mariana si querés no la ves nunca más y fue. Pero yo a la vieja, quiera o no quiera la tengo que seguir viendo. Y yo sé —dijo mientras se golpeaba el pecho con la manos— que me fui de boca. Y de eso, no se vuelve.

Javier y su mamá Ruth siempre habían sido muy unidos. Se podría decir, que era “el preferido”. Javier había sido de los que se llama comúnmente el hijo ejemplar para la madre. Se había recibido con honores en la carrera que ella le había sugerido, se vestía con la ropa que le regalaba, se había hecho cargo de los negocios de la familia y hasta rompió con las novias que no habían recibido el visto bueno de la madre.

—¿Es posible que uno pueda borrar de algún modo lo que hizo? —dijo Javier pensando en voz alta.
—No.
—Estaría bueno que lo hubiera…fantaseando, ¿no? —. Tal vez volver hacia atrás y reescribir la escena, como si fuera una película —continuó mientras se tocaba con los dedos las palmas de las manos extendidas sobre las rodillas.
—¿Sabes en qué estuve pensando, ahora que decís esto? —dijo Pablo sin esperar respuesta—: en la posibilidad de un Ctrl-Z aplicable a la vida. Sería algo así como un patrón “deshacer”.
Javier lo miró y largó la risa como un niño.
—Un estado Memento, es algo así como tener la posibilidad de retornar una situación a su estado inmediatamente anterior —siguió emocionado Pablo—.
—¡Uhhh! —dijo Javier entusiasmado con la idea—. A ver…el patrón funcionaría algo así —explicó—: se realiza una “copia” de la situación antes de aplicar la modificación, de forma que siempre se pueda volver hacia atrás, al menos, hasta el paso previo a la última modificación.
—Claro, ahí va —continuó Pablo—. De tal modo de que sea posible guardar la máxima cantidad de “estados anteriores” de la situación, ¿no?
—¡Jajajajajajaja! —festejó Javier mientras se acomodaba en el asiento con entusiasmo—. Entonces se podría aplicar por ejemplo en tu caso, a la situación con Mariana. Y en mi caso, tal vez, lo aplicaría a la última conversación con mi vieja….
Pablo se quedó pensando hasta qué momento volvería.
—Llevaría el estado previo al griterío —continuó Javier— donde le dije que era una frustrada pero que eso no tenía que ver conmigo—Javier terminó la frase y se quedó pensando.
—¡Ufffff! —Pablo gesticuló frunciendo las cejas—. Tal vez —pensó en voz alta— ya no fuera posible decir: “No tendría que haberle dicho eso”…
—No te entiendo.
—¡Claro!, puede ser peligroso —advirtió—. Primero, porque la sensación de culpa se controlaría bastante, ¿no? —preguntó buscando aprobación—. Y segundo, porque sólo se puede deshacer lo último que se modificó y nada más. Tampoco nos hagamos los piolas —dijo riéndose.
—Entonces estoy al horno —la cara de Javier hizo una mueca de disgusto—. Yo tendría que hacer un Ctrl-Z primero de este viaje para después hacerlo de la conversación con mi vieja, de la carrera que hice…—enumeró las situaciones de a una en un tono entrecortado.

La ciudad cada vez iba desapareciendo más y en su lugar un paisaje desolado se veía a los costados de la ruta.
Javier se despertó de golpe, sentía la cabeza palpitar, las sienes contraídas. Miró a su alrededor, el aire espeso no lo dejaba respirar. Tosió y escupió un poco de sangre vieja que tenía en la boca. La camisa a cuadros ya no se distinguía. No vio a Pablo, el ambiente era confuso y su cabeza también. La carretera no se divisaba y la cantidad de humo le nublaba la vista. Pensó al revés y fue hacia atrás, sistemáticamente como si fuera un juego intentó reconstruir los episodios del día. El último recuerdo al que llegó era el saludo de Francisco, vio su rostro y la sonrisa, sintió la palma húmeda en la espalda. ¿Y si fuera posible la corrección de errores en el mundo real? —pensó e hizo un suspiro—. ¿Y la corrección de las correcciones?

Cuando mi hermano volvió de la clínica a casa, estaban sentados en el sillón del living el viejo, Francisco, Ruth y Mariana. Todos lo miraron con distintas expresiones. Algunos de lástima, otros de felicidad. Yo fui la primera en acercarme. Le pasé un brazo por el cuello y lo abracé suave pero con firmeza, como si no pudiera desprenderme de él nunca más. “Tan frágil” —pensé. Luego se acercaron Ruth, Francisco y Mariana. De a uno lo fueron saludando con lágrimas en los ojos y cierta emoción por el reencuentro. El único que no se movió del sillón fue el viejo, que estaba sentado con el cuerpo paralizado y el rostro duro con ese mechón de pelo blanco que le caía.

—Lo único que quiero ahora —dijo sin emoción absoluta—: es que olvidemos todo lo que pasó y empecemos de cero.
Pablo, mudo, giró la rueda de la silla en la que estaba sentado y se dirigió hacia la cocina.

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