
El sonido brusco de los golpes en la puerta. Uno, dos, tres. Paraban. Y luego de nuevo, consecutivamente. Secos, firmes, percibía en el golpe hasta el sonido de los nudillos sobre la madera. Me estremecía saber que del otro lado había alguien. En medio de la oscuridad, empezaba a agudizar el oído y la vista con el paso del tiempo. Ahí era cuando veía los destellos de luz que emanaban los cuchillos y tenedores que colgaban sobre mi cabeza. La luz entraba por una pequeña hendija que tenía la madera.
Era un armario viejo y pequeño que tenía de niña. Siempre me había gustado ese armario. Por muchas razones, el color, la forma: con cierto pliegue en la madera tallada. Parecía de princesa. Dentro colgaban pequeñas perchas que llevaban mis prendas. Cuando era chica me divertía ordenando y colgando vestidos, blusas y polleras. Los zapatos de charol apilados en los estantes. Lo había armado mi abuelo que era carpintero. Pero en el sueño el armario se transformaba en un lugar totalmente distinto. Ajeno en cierto aspecto, oscuro, el color se tornaba en uno más grisáceo.
Sucedía exactamente igual. Todas las noches. Yo dentro del armario hermoso de mi niñez. Cabía mi cuerpo como si fuera aquél de niña. Lúgubre y oscuro en el sueño. Los cuchillos y tenedores reemplazaban a las prendas en las perchas. Los golpes en la puerta una y otra vez. No me animaba a responder ni a salir, pero la conciencia de saber que había alguien allí y que llamaba a mi puerta me desesperaba. Sentía su aliento del otro lado. A veces, tenía la sensación de que apoyaba su oído contra la madera para escucharme respirar, para confirmar si aún seguía ahí. ¿Cómo iba a escaparme? ¿Cómo iba a salir con tal presencia espeluznante del otro lado? Casi siempre despertaba en medio de los golpes. Sobresaltada y aturdida. Pero recordaba casi a la perfección la escena, las sensaciones era tan reales que si podía filmarlas hubiera sido a la perfección. Los olores, los rostros y expresiones, las luces y contrastes.
Intenté de todo para evitar el sueño. Acostarme tarde sin cenar, o haciéndolo de todos modos. Vestida o desnuda. En mi cama, en otra o en un sillón. Algunas noches hasta dormí en el piso pensando que tal vez la incomodidad no me dejaría caer en un sueño profundo. Una vez probé dormir con un cuchillo en la mano, pero opté por un tenedor por temor a no controlar lo que sucediera. Fue una buena decisión, ya que cuando me desperté tenía las manos hinchadas y doloridas. Había estado clavándome los dientes del tenedor en las palmas de la mano durante largo rato. No había llegado a lastimarme seriamente pero sí a dañarme un poco. No lo hice nunca más. No le había contado a nadie el sueño. Pensaba que muchos se reirían de mí o no me comprenderían. Ni siquiera a mi familia le había comentado tal situación. Pero mi madre notaba que algo no andaba bien. Porque algunas veces me despertaba a los gritos y sudada. Ella corría a mi dormitorio asustada. Luego no volvía a dormirme más. Por lo cual descansaba muy pocas horas.
En una ocasión, antes de irme a dormir, vino mi madre hasta el dormitorio. Se sentó a mi lado en la cama y me dijo que ella intentaba protegerme todas las noches. Que si no quería contarle estaba bien. Pero que si los sueños continuaban íbamos a tener que ir a algún especialista. Yo la escuché sin decir nada al respecto. Me saludó dulcemente en la mejilla y deslizó su mano debajo de la almohada. Cuando se fue de la habitación tomé lo que había colocado. Era una estampilla de una virgen. No recuerdo cuál. Me pareció dulce y al mismo tiempo extraño. No éramos una familia creyente. O al menos nunca me habían inculcado pensamientos religiosos. La dejé dónde la había encontrado. No perdía nada con probar la protección de la virgen. Pero el sueño volvió a ser el mismo de siempre.
Después de eso mi vida se volvió un infierno. Estaba desconcentrada y ausente. Nada me motivaba. No quería salir ni ver amigos. En el colegio no me iba nada bien y los profesores comenzaron a preocuparse. Comía poco, descansaba mal, no me concentraba y casi no hablaba. Al poco tiempo me llevaron al especialista. Sentía que aquél hombre no podía ayudarme. Las técnicas fueron varias, diván, con dibujos, notas. Nada funcionaba. El sueño se repetía una y otra vez. En algunas sesiones llamó a colegas. Me hicieron estudios y electroencefalogramas. Nada. Todas las noches pasaba por lo mismo.
En los últimos días temía dormir. Mi madre empezó a acompañarme despierta, según las indicaciones del especialista, para registrar si se producía alguna manifestación corporal durante el sueño. Tampoco hubo avances con esto. Dejé de ir al colegio y a frecuentar reuniones familiares. Me recluí en mi casa dónde vivía con mis padres.
Una noche, la pesadilla fue en un estado intermedio entre la vigilia y el sueño profundo. Un sueño lúcido. Sentí y vi como si tuviera los ojos abiertos, que estaba en mi dormitorio. Hasta vi objetos reales pero no lograba desconectarme. Estaba en mi cama pero al mismo tiempo estaba dentro del armario. Los golpes en la puerta, la oscuridad, el rechinar de la madera. Busqué mi cama, la pared, algo que me trajera de vuelta. Tanteé con las manos las sábanas de mi cama. Me incliné hasta el piso para tocar la madera del parquet y ahí fue cuando sucedió; esa única vez. Una mano sujetó mi brazo cuando buscaba tocar el piso. Una mano parecida a la del sueño me tomó de la muñeca y la apretó fuertemente. Cuando intenté zafarme desperté. Encontré que parte de mi cuerpo estaba sobre la cama y todo mi torso colgaba de ella hacia el piso. Mi mano izquierda estaba doblada hacia atrás presionando la madera del parquet. Casi más me fracturo por la presión que ejercí sobre ella.
Mis padres me internaron en una clínica por un tiempo breve. Cuando volví habían cambiado los muebles y el color de las paredes. Todo estaba distinto. Pero el sueño acudía a mí una y otra noche.
Ayer me llevé a la cama un anotador. Pero no pasó nada. Ahora estoy sentada en el armario y lo veo todo con claridad. Está pesado adentro. Anoto: «Los golpes están sonando sobre la puerta. Son claros, contundentes, pausados. Se detienen» Espero a que se repitan pero no sucede. Intento abrir la puerta lentamente, para no hacer ruido. Hay un tendedor a mi lado. Lo agarro con la mano libre. Abro la puerta, afuera no hay nadie. Mejor no salir. Me quedo espiando con el tenedor en la mano. Intentando descifrar las formas, los colores y los olores. Antes de cerrar la puerta encuentro un papel en el piso, sobresalía por debajo del armario. Lo agarro y vuelvo a meterme adentro. No sé cómo pude verlo en la oscuridad. Son las cosas inexplicables de los sueños. Anoto: «Salgo del armario. No hay nadie. Oscuridad total. Hay un papel en el piso. Lo agarro». El papel tiene un dibujo, creo que son pájaros y chanchos. Parece hecho por un niño por lo rústico de los trazos. Está dibujado con lápiz negro. Tiene un texto debajo, lo transcribo: «“Lamento que no estés aquí. El sol brilla y la madera cruje por el calor”». No entiendo qué significa. Del otro lado también hay un dibujo. Es un armario exactamente igual al que me encuentro. Anoto: «Estoy nerviosa, respiro mal, hay un dibujo del armario. Hay alguien». Hay un dibujo de un hombre con las manos abiertas apoyadas sobre la puerta. Parece que intenta bloquearla desde afuera. Me cuesta respirar. Creo que lo mejor es regresar el papel a su lugar. Pero no puedo abrir la puerta. Desespero. Imagino afuera al hombre trabando con sus manos mis intentos. Anoto: «No puedo abrir nuevamente la puerta. Algo o alguien la traba». Los cuchillos y tenedores colgados de las perchas arriba de mi cabeza, se mueven como si una corriente de aire los hiciera chocar unos con otros. El sonido es ensordecedor, me tapo los oídos. Me quiero mover pero mi ropa está clavada al piso del armario. Siento el cuerpo húmedo y caliente, rodeado de espinas. Se me nubla aún más la vista. Tengo las manos inmovilizadas, las siento hinchadas. Anoto: «Algo está mal. No me puedo mover. Siento las manos hinchadas y me duelen. La cabeza me pesa. Tal vez esté por desmayarme...»
El hombre dejó de resistir, pero la puerta nunca se abrió.
Era un armario viejo y pequeño que tenía de niña. Siempre me había gustado ese armario. Por muchas razones, el color, la forma: con cierto pliegue en la madera tallada. Parecía de princesa. Dentro colgaban pequeñas perchas que llevaban mis prendas. Cuando era chica me divertía ordenando y colgando vestidos, blusas y polleras. Los zapatos de charol apilados en los estantes. Lo había armado mi abuelo que era carpintero. Pero en el sueño el armario se transformaba en un lugar totalmente distinto. Ajeno en cierto aspecto, oscuro, el color se tornaba en uno más grisáceo.
Sucedía exactamente igual. Todas las noches. Yo dentro del armario hermoso de mi niñez. Cabía mi cuerpo como si fuera aquél de niña. Lúgubre y oscuro en el sueño. Los cuchillos y tenedores reemplazaban a las prendas en las perchas. Los golpes en la puerta una y otra vez. No me animaba a responder ni a salir, pero la conciencia de saber que había alguien allí y que llamaba a mi puerta me desesperaba. Sentía su aliento del otro lado. A veces, tenía la sensación de que apoyaba su oído contra la madera para escucharme respirar, para confirmar si aún seguía ahí. ¿Cómo iba a escaparme? ¿Cómo iba a salir con tal presencia espeluznante del otro lado? Casi siempre despertaba en medio de los golpes. Sobresaltada y aturdida. Pero recordaba casi a la perfección la escena, las sensaciones era tan reales que si podía filmarlas hubiera sido a la perfección. Los olores, los rostros y expresiones, las luces y contrastes.
Intenté de todo para evitar el sueño. Acostarme tarde sin cenar, o haciéndolo de todos modos. Vestida o desnuda. En mi cama, en otra o en un sillón. Algunas noches hasta dormí en el piso pensando que tal vez la incomodidad no me dejaría caer en un sueño profundo. Una vez probé dormir con un cuchillo en la mano, pero opté por un tenedor por temor a no controlar lo que sucediera. Fue una buena decisión, ya que cuando me desperté tenía las manos hinchadas y doloridas. Había estado clavándome los dientes del tenedor en las palmas de la mano durante largo rato. No había llegado a lastimarme seriamente pero sí a dañarme un poco. No lo hice nunca más. No le había contado a nadie el sueño. Pensaba que muchos se reirían de mí o no me comprenderían. Ni siquiera a mi familia le había comentado tal situación. Pero mi madre notaba que algo no andaba bien. Porque algunas veces me despertaba a los gritos y sudada. Ella corría a mi dormitorio asustada. Luego no volvía a dormirme más. Por lo cual descansaba muy pocas horas.
En una ocasión, antes de irme a dormir, vino mi madre hasta el dormitorio. Se sentó a mi lado en la cama y me dijo que ella intentaba protegerme todas las noches. Que si no quería contarle estaba bien. Pero que si los sueños continuaban íbamos a tener que ir a algún especialista. Yo la escuché sin decir nada al respecto. Me saludó dulcemente en la mejilla y deslizó su mano debajo de la almohada. Cuando se fue de la habitación tomé lo que había colocado. Era una estampilla de una virgen. No recuerdo cuál. Me pareció dulce y al mismo tiempo extraño. No éramos una familia creyente. O al menos nunca me habían inculcado pensamientos religiosos. La dejé dónde la había encontrado. No perdía nada con probar la protección de la virgen. Pero el sueño volvió a ser el mismo de siempre.
Después de eso mi vida se volvió un infierno. Estaba desconcentrada y ausente. Nada me motivaba. No quería salir ni ver amigos. En el colegio no me iba nada bien y los profesores comenzaron a preocuparse. Comía poco, descansaba mal, no me concentraba y casi no hablaba. Al poco tiempo me llevaron al especialista. Sentía que aquél hombre no podía ayudarme. Las técnicas fueron varias, diván, con dibujos, notas. Nada funcionaba. El sueño se repetía una y otra vez. En algunas sesiones llamó a colegas. Me hicieron estudios y electroencefalogramas. Nada. Todas las noches pasaba por lo mismo.
En los últimos días temía dormir. Mi madre empezó a acompañarme despierta, según las indicaciones del especialista, para registrar si se producía alguna manifestación corporal durante el sueño. Tampoco hubo avances con esto. Dejé de ir al colegio y a frecuentar reuniones familiares. Me recluí en mi casa dónde vivía con mis padres.
Una noche, la pesadilla fue en un estado intermedio entre la vigilia y el sueño profundo. Un sueño lúcido. Sentí y vi como si tuviera los ojos abiertos, que estaba en mi dormitorio. Hasta vi objetos reales pero no lograba desconectarme. Estaba en mi cama pero al mismo tiempo estaba dentro del armario. Los golpes en la puerta, la oscuridad, el rechinar de la madera. Busqué mi cama, la pared, algo que me trajera de vuelta. Tanteé con las manos las sábanas de mi cama. Me incliné hasta el piso para tocar la madera del parquet y ahí fue cuando sucedió; esa única vez. Una mano sujetó mi brazo cuando buscaba tocar el piso. Una mano parecida a la del sueño me tomó de la muñeca y la apretó fuertemente. Cuando intenté zafarme desperté. Encontré que parte de mi cuerpo estaba sobre la cama y todo mi torso colgaba de ella hacia el piso. Mi mano izquierda estaba doblada hacia atrás presionando la madera del parquet. Casi más me fracturo por la presión que ejercí sobre ella.
Mis padres me internaron en una clínica por un tiempo breve. Cuando volví habían cambiado los muebles y el color de las paredes. Todo estaba distinto. Pero el sueño acudía a mí una y otra noche.
Ayer me llevé a la cama un anotador. Pero no pasó nada. Ahora estoy sentada en el armario y lo veo todo con claridad. Está pesado adentro. Anoto: «Los golpes están sonando sobre la puerta. Son claros, contundentes, pausados. Se detienen» Espero a que se repitan pero no sucede. Intento abrir la puerta lentamente, para no hacer ruido. Hay un tendedor a mi lado. Lo agarro con la mano libre. Abro la puerta, afuera no hay nadie. Mejor no salir. Me quedo espiando con el tenedor en la mano. Intentando descifrar las formas, los colores y los olores. Antes de cerrar la puerta encuentro un papel en el piso, sobresalía por debajo del armario. Lo agarro y vuelvo a meterme adentro. No sé cómo pude verlo en la oscuridad. Son las cosas inexplicables de los sueños. Anoto: «Salgo del armario. No hay nadie. Oscuridad total. Hay un papel en el piso. Lo agarro». El papel tiene un dibujo, creo que son pájaros y chanchos. Parece hecho por un niño por lo rústico de los trazos. Está dibujado con lápiz negro. Tiene un texto debajo, lo transcribo: «“Lamento que no estés aquí. El sol brilla y la madera cruje por el calor”». No entiendo qué significa. Del otro lado también hay un dibujo. Es un armario exactamente igual al que me encuentro. Anoto: «Estoy nerviosa, respiro mal, hay un dibujo del armario. Hay alguien». Hay un dibujo de un hombre con las manos abiertas apoyadas sobre la puerta. Parece que intenta bloquearla desde afuera. Me cuesta respirar. Creo que lo mejor es regresar el papel a su lugar. Pero no puedo abrir la puerta. Desespero. Imagino afuera al hombre trabando con sus manos mis intentos. Anoto: «No puedo abrir nuevamente la puerta. Algo o alguien la traba». Los cuchillos y tenedores colgados de las perchas arriba de mi cabeza, se mueven como si una corriente de aire los hiciera chocar unos con otros. El sonido es ensordecedor, me tapo los oídos. Me quiero mover pero mi ropa está clavada al piso del armario. Siento el cuerpo húmedo y caliente, rodeado de espinas. Se me nubla aún más la vista. Tengo las manos inmovilizadas, las siento hinchadas. Anoto: «Algo está mal. No me puedo mover. Siento las manos hinchadas y me duelen. La cabeza me pesa. Tal vez esté por desmayarme...»
El hombre dejó de resistir, pero la puerta nunca se abrió.
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