lunes, 18 de enero de 2010

Los Yuyos


Abrí la puerta de un golpe y salí corriendo hasta la calle, sentía la garganta caliente y el estómago hirviendo de ardor. En la corrida tropecé con unas baldosas rotas y volé por sobre la vereda. Cuando apoye las manos sobre el cordón, ya el vómito estaba saliendo de mi boca y corriendo como río calle abajo. La gente pasaba cerca pero no se detenía, no me asombré. Desolado miré como se armaba una línea amarilla viscosa que me separaba del asfalto, el olor era fuerte. Sentía pastosa la boca, un sabor ácido y cierto temor. Pero cuando quise acordar estaba parado frente al bar de Sánchez. Tenía hambre.

Sánchez, como le decían los amigos y vecinos, era el dueño de un típico bar de barrio llamado Los Yuyos. Apenas entré al bar me pedí una grappa de orejones, el sabor amargo casi medicinal, me recordaba los jarabes caseros de la vieja. Miré alrededor y vi a los de siempre acodados sobre la mesa de mármol, gastada de tanto culo de chupines, botellas y platos viejos. Los del bar paraban en la barra, sólo las mesas se poblaban de los que no eran habitués y de los jóvenes que llegaban en grupo. La barra del loco Sánchez era un campo de batallas a la que sucumbían todos cuando el sol caía sobre la bahía.

Cuando el loco me sirvió la segunda grappa, se me acodó por sobre la barra hasta casi llegar a tocarme la cara con la punta aquilina y prominente de su nariz.
—¿Y…, te dijo algo? —me tiró mientras levantaba las inmensas cejas grises que poblaban una frente ancha.
¡Qué le iba a decir! Me resigné a apretar los labios y asentir con la cabeza. Tragué un sorbo grande de grappa que me quemó de nuevo, la garganta y el estómago. Sánchez seguía ahí inmóvil, mirándome, tenía los antebrazos apoyados sobre el mármol; en una mano un trapo, en la otra la botella de grappa. No le pude sostener la mirada, aunque sabía que estaba esperando que suelte la lengua y hasta tal vez, me largara en una confesión desoladora. Pero, ¡qué iba a hacer eso ahí en el bar! La barra no era para llantos. Antes de volverse hacia la despensa el loco me llenó el vaso por tercera vez. Lo vi de reojo hacer una mueca. ¿Era de lástima?
—Tomate ésta que ahora te traigo algo para picar. La bondiola está que se derrite. Te pongo unos pedazos de pan, ¿querés? —preguntó con un tono casi paternal.
—Sí —le contesté a secas.

En esas Julito entró a los gritos, cantando y festejando el triunfo de La Violeta del domingo. Claro, estaba el Rengo acodado en la punta. No le había prestado atención hasta ese momento. A Julito lo conocía desde la infancia. Hacía años habíamos discutido y si bien con el tiempo seguimos siendo amigos, nunca fue lo mismo. Me causó alegría verlo festejar porque la última vez que lo había visto estaba golpeado por la crisis de trabajo y lo tenía mal tirado.
Ahí nomas se armó cierto alboroto de puteadas, corchos que volaban desde todas direcciones y el loco que gritaba revoleando el trapo siguiéndolo a Julito en la emoción. El negro Samudio con la radio de algún partido pegada a la oreja, hacía ademanes con la mano buscando acallar los gritos.
—¡Andá negro manya! —le gritó Julito golpeándolo con el diario hecho un tubo de papel—. ¡Andá, dejate de meta timba negro que te vas a quedar pelado!
Al negro le gustaba apostar, plata, un trago, lo que venga. El negro claro, se dio media vuelta y siguió con la radio en la oreja.

Todo el griterío hizo olvidarme un poco del ardor y la molestia. Me estaba terminando de tomar la grappa que me quedaba en el chupín, cuando Da Silva me palmeó la espalda antes de acomodarse sobre la banqueta al lado mío. Da Silva era un tipo bueno, honesto, medio secote para las expresiones pero directo en lo que pensaba.
—¿Cómo te va, botija? —me preguntó sin mirarme.
Le respondí con la cabeza haciendo una mueca que no alcanzó a ver. Calculo que por eso me agarró del cuello para que no me zafara y me habló cerca del oído.
—Me contó el loco —dijo en tono de confesión. Quedáte tranquilo, Oviedo, todo va a salir bien. De estas cosas también se sale, ¿sabés?
No supe qué decirle. Me daba lástima Da Silva tratando de darme esperanzas.
En eso viene el pibe y me pone sobre la barra un plato con un pedazo generoso de bondiola, unas papas, una jarra de vino chica y unos pedazos de pan. Me acomodo en la banqueta y empiezo a comer con el barullo de Julito, el loco, el Rengo y otros más. Da Silva se para sobre los posa pies del banco y grita algo que no logro entender. Una lluvia de soda cae sobre nosotros. Puteo porque me mojaron el pan y las papas.
—Vos lo que tenés que pensar es que acá en el bar siempre vas a encontrar a los amigos, ¿sabés? Y eso, vale oro m’ hijo. —Da Silva me hablaba con la manos abiertas y calladas
—Eso es lo que yo digo. —El loco, se sumó a la conversación mientras me cambiaba por otras, las papas y el pan—. Mirá si te vas a hacer mala sangre a esta altura de la vida. Dejáte de joder. La vida hay que vivirla hasta la última gota. Hasta exprimirle todo el vino —terminó diciendo a las carcajadas mientras Da Silva asentía seriamente.
—Vos lo que tenés que hacer, Oviedo, escuchame bien lo que te digo: agarrás una hoja, un lápiz y te haces una lista de cosas. Así te vas organizando con el tiempo. Porque no hay nada peor que te llegue el día y pienses que te quedaron cosas pendientes. —remató Da Silva.
Ahí nomas los dos se pusieron a dar grandes consejos de cómo y qué hacer, a recordar a algunos que ya no estaban, a debatir acerca de la vida y cómo vivirla.
—Ya la hice —respondí sin que me escuharan.

Me fui del bar cuando ya las luces de la ruta iluminaban la bahía. Caminé un rato por las calles cerca del puerto. Viejos, gastados, los edificios del ex mercado se acodaban como los hombres desolados que hacía un rato había abandonado en el bar. Esa noche tuve un sueño extraño. «Estaba parado al pie de una escalera de madera. En los últimos escalones había un charco de agua y estaba cuidando de no pisarlo para no resbalar. En ese momento suena el teléfono y atiendo. No era mi casa. Pero el teléfono era mío. Me habla del otro lado Julito. Me decía que La Viole había ganado y que se iba en caravana a festejar a las canteras del Prado. No le contesté nada y corté. Inmediatamente después me tocan el timbre y atiendo. Hay un tipo de traje y maletín en la puerta que dice vender biblias para ayudar a su familia. Me niego a comprarle. Insiste. Acepto y después de pagarle cierro la puerta y la apoyo en el escalón mojado de la escalera». Ahí pierdo un poco el recuerdo del sueño. «Cuando vuelvo a agarrar la biblia, mojada por el agua, registro que no es una biblia católica sino que es un libro budista. Lo hojeo sin demasiado interés y abro una página en donde había una foto de Julito con la camiseta de Defensor, tenía una mano en alto. Lo cerré y lo guardé en un cajón».

Al otro día pasé por Los Yuyos. Estaba cerrado. Me llamó la atención, la última vez que había cerrado el loco fue cuando se le murió un pibe en el negocio con un coma alcohólico. Después nos enteramos que había mezclado sustancias.

Da Silva estaba sentado en el escalón de la puerta de servicio. Me miró con una expresión de susto. Pensé que había alguien atrás mío, tanto así que hasta me di vuelta para confirmarlo. Cuando me acerco, palmea la piedra del escalón para que me siente a su lado. Me inclino y me pasa un brazo sobre los hombros.
–Nadie entiende nada, Oviedo. Imagináte. Vos junaste que seguía cantando con La Viole colgada de los hombros. De ahí se fue para el puerto con los muchachos, meta canto. Pero viste cómo somos nosotros, es todo sano acá. Pobre Julito —se agarraba los ojos hinchados pero sin lágrimas. Estaba meta grito, medio quebrado pero tranquilo, dijeron. Ahí nomas se cruzaron con una barra del Danubio, guachos jóvenes. Y bueno, nadie sabe bien cómo, ni de dónde salieron los tiros. Pero lo que sí saben es que el Julito estaba cerca del paredón, fulminante cayó de espaldas sobre el río. Los muchachos bajaron por las escalinatas, las de ahí cerca del faro —apunta con el dedo hacia donde corta el cielo con el río y sigue…—, las que llegan hasta la escollera por el costado. Pero el Julito ya no estaba. Las olas golpeaban fuerte porque había viento. El negro Samudio dice que los escalones de la escollera estaban mojados y tenían miedo de darse un golpazo y caer de boca a las piedras. Que estaba tan oscuro que no lo vieron más. Arriba los guachos ya se habían rajado después de los tiros. —Da Silva hablaba con la mirada fija hacia adelante.

Me dí cuenta de que estaba mirando el limonero de enfrente. Ahí antes, había un baldío lleno de yuyos, de todos los tamaños. Cuando lográbamos cortarlos, jugábamos a la pelota mientras los viejos se tomaban la caña enfrente. Quise tener el papel en la mano, lo busqué en el bolsillo de mi pantalón. Tanteé y me paralicé cuando no lo sentí. Pensé que lo había perdido y hasta me paré de la desesperación mientras revisaba los bolsillos internos. Cuando lo encontré lo abrí aliviado, desplegando todo los dobleces. Miré la lista. Busque algo, un lápiz, una birome en el bolsillo de la camisa. Encontré un pedacito de carbón en el piso. Lo agarré y taché una de las líneas de la lista. Me remangué los pantalones y me senté al lado de Da Silva con el papel en la mano.

—No hay tiempo, eso es lo que pasa. —le dije mientras miraba el limonero.
—No, no es eso. No hay derecho, eso es lo que pasa. ¿Se habrá ido a otra vida el Julito? Capaz que le vaya mejor.
Apreté la mano para no llorar. El papel se arrugó como un nudo hasta desaparecer. Los muchachos empezaban a llegar al bar.

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